Las elecciones alargando el suspenso hicieron lo suyo. La notable clasificación de Estudiantes para la final de la Copa también aportó su parte. El temor ante la pandemia de la gripe A aplicó el golpe final. Distintas situaciones fueron morigerando la importancia de esta final que ya se puede vislumbrar en el horizonte cercano. Como si la actualidad se empeñara en hacernos olvidar del gran partido.
Polémicas al margen respecto de la realización del encuentro y la presencia de los hinchas, desaconsejando el pedido de los especialistas, allí estarán cara a cara jugando una final en la fecha decisiva. Como si el destino les hubiera hecho un guiño cómplice, Vélez y Huracán chocarán por el título luego de un derrotero de dieciocho domingos. Lo obtuvieron por derecho propio, de manera legítima y con armas nobles. Con estilos diferenciados pero ni tan distintos, ni tan distantes.
Es que resulta un elogio mencionar la inagotable capacidad de Huracán para tocar el balón hasta desquiciar a los rivales, pero es una injusticia quedarse sólo con eso. Porque la solidez de Goltz en el fondo existe, porque Araujo y Arano siempre que pueden se animan y pasan y porque si bien es cierto que el brillo lo ponen las individualidades, la estructura no es para nada desdeñable.
Naturalmente están los que hacen la diferencia. Bolatti es para algunos, para quién aquí escribe seguro, el mejor jugador del campeonato. Su visión lúcida, su técnica lucida y su tranco "marangoniano" le fueron dando al equipo de Parque Patricios el "tempo" de juego justo. Él marca los ritmos y aunque parezca extraño dentro de un esquema clásico como le gusta a Cappa, es un enganche que juega de cinco. Con la técnica Premium de Pastore y la gambeta "clase A" de De Federico, el tridente hizo la diferencia en la mayor parte de las tardes felices del Ducó. El aporte de Toranzo de menor a mayor o del "Maestrico" González exhibiendo los progresos del fútbol venezolano, ayudaron a darle forma a un modelo bien reconocible. Hasta se permitió dar el hándicap de un centro-atacante de jerarquía, el cual, llámese Nieto o Medina, en un equipo de tanto toque al pie nunca pudo hacerse fuerte más que para fabricar huecos para la llegada de los mediocampistas.
De la misma forma que resulta insuficiente ponderar unicamente la estética del "globo", es escaso hablar de Vélez tan solo como un equipo sólido o si prefiere práctico. Es mucho más que eso aunque Dominguez y Otamendi conformen la mejor dupla de centrales del Clausura. Es mucho más que la inteligencia y la dinámica de Zapata, o el ida y vuelta permanente de Papa. Porque Maxi Moralez desequilibra con su gambeta, porque Hernán Rodrigo López es ese goleador serial que le falta a Huracán y que le garantizó a los de Liniers varias victorias y porque fue desde la autoestima y el riesgo, y no desde la solidez que Gareca se animó a jugar unos cuantos partidos con tres delanteros aún sin obtener siempre los mejores resultados. El recambio de Cristaldo o Juan Manuel Martínez y la personalidad de Cubero también ayudaron para construir este presente con sueños concretos de vuelta olímpica.
Los fanáticos de las antinomias, especialidad bien argentina, procuran presentar el partido como un choque de estilos, sin observar que, lejos de beneficiar a los dos conjuntos, sólo logran subestimar algunas de sus bondades, las cuales no se reducen a un par de atributos.
Por el poco tiempo de trabajo, Huracán y Vélez pueden parecer un milagro, pero no lo son. Más allá de que alcanzaron los objetivos de forma prematura todo tiene una explicación.
Vélez como institución permite estos fenómenos. Su coherencia, su estabilidad dirigencial y el aporte de Cristian Bassedas como un verdadero manager, convocado a tal efecto y sin apetencias técnicas, le dieron a Gareca un par de caras nuevas de esas que representan un salto de calidad y que marcan la diferencia entre "incorporación" y "refuerzo". Un grupo con experiencia y un estilo rápidamente reconocible hicieron el resto para llegar a esta instancia.
En Huracán pasó algo similar. El discurso inquebrantable de Cappa con su filosofía y su impronta bien marcadas, sumados a una racha estimulante de victorias lo ubicaron a las puertas del cielo. Todos están enarbolados detrás de la causa y responden en consecuencia. Hay estilo por supuesto, pero también hubo fibra y personalidad para ganar algunos juegos duros cuando solo con la técnica no alcanzaba.
Jugarán mañana, pasadas las tres de la tarde. Rindámosle el tributo que se merecen. Son legítimos finalistas y aunque solo uno se quedará con la gloria, el derrotado puede dormir tranquilo. Eclipsaron a los grandes y le mostraron a la clase obrera que el paraíso es posible, que los humildes también pueden tener sus abanderados. Enhorabuena y sobre todas las cosas. ¡que lo disfruten!