Pete Sampras se levantó finalmente del sillón del living de su mansión en Los Angeles y vio la marca en el almohadón. Los telespectadores no dejan huella en la historia del deporte pero si en sus sillones. Sampras pudo las dos cosas. Luego de ver tantas finales de Grand Slam de Roger Federer por televisión, voló a Londres y se sumó al palco conformado por la "mesa chica" del tenis mundial, esa que asiste imperturbable a atestiguar por los récords que ya no les pertenece. Rod Laver, Manolo Santana , Ilie Nastase y Bjorn Borg saludaron a Sampras que llegó sobre el inicio del partido con su esposa Brigitte Wilson, en esta competencia de rubias que los tenistas han hecho con sus mujeres. Sampras, con sus siete Wimbledon encima había estado en contacto con Roger Federer con mensajes de texto durante toda la semana. Quedaron muy amigos desde aquella gira por Asia y su choque en el Madison Square Garden cuando jugaron una serie de exhibiciones. Aseguran que esa amistad se galvanizó con ciertos secretos y "tips" que Sampras le entregó a quien considera su heredero. Sampras fue a ver a Roger Federer . El suizo, finalmente, hizo que tanto viaje la valiera la pena.
Roger Federer ganó su sexto Wimbledon, su Grand Slam número 15 y recuperó el número uno del mundo que desde finales de agosto de 2008 había capturado Rafael Nadal. Federer reordenó el tablero del tenis mundial y del tenis histórico. Cuando todavía le faltaban algunos "majors" por ganar su descripción como "el mejor de todos los tiempos" ya lo acompañaba. Era cuestión de perspectiva y de extrapolar épocas y rivales para averiguar y definir si a Roger Federer le cabía esa condición.
Si cada época presente es la mejor que cada deporte puede ofrecer, no cabe duda que Roger Federer representa entreramente el tenis de nuestros días. ¿Compararlo con Rod Laver, ganador de los Grand Slam de 1962 y 1969? ¿Para qué y con qué sentido? ¿Sería políticamente correcto decir qué en esos tiempos el tenis era un reducto de pocos jugadores de elite y que hoy Federer compite contra mayor número de rivales qué son más atléticos y más duros en lo emocional? Que Laver, entonces, represente su tiempo como Federer lo hace con el nuestro, el que vimos hoy.
Andy Roddick también entra en este envase. Su juego potente, más equilibrado y su convicción de fueron la plataforma sobre la que el norteamericano llevó a Federer a una batalla 4 horas y 25 minutos. Fue una final de las que no estamos muy acostumbrados a ver. Las emociones no los desbordaron y esa sensación tampoco se derramó hacia aquellos que lo hayan seguido en el court central, en la Henman Hill, por Twitter o por TV. Los dos parecieron muy en control todo el tiempo. La revelación quizás haya sido Andy Roddick jugando de ese modo, siendo un tenista más emparentado con la desprolijidad que lo supera y la falta de temple. Un tenista de grandes partidos y triunfos moderados. Hoy Roddick, aún en la derrota, merece salir de ese lugar que ocupò siempre a las sombras de los top como Federer, Nadal y Murray. Veremos que hace Andy Roddick con todo lo que demostró en el court central de Wimbledon.
Por sobre todas las cosas fue un duelo íntegro. Ni Federer ni Roddick llamaron al trainer, ni dieron señales de fatiga, ni discutieron nada. Jugaron al tenis sin pausas y sin esconder nada, llevando la final de Wimbledon hasta el lìmite de lo posible. Federer no encontró la posibilidad de quebrarle el saque a Roddick sino hasta la definición misma del match. Sus estadísticas fueron descomunales en el servicio: 50 aces, 64 por ciento de primeros saques y un 89 por ciento de puntos ganados con esos primeros servicios. No tuvo margen para su tenis lujoso, ni de flotar por la cancha y lastimar con su estilo "soft". Castigó a Roddick con lo mejor que Roddick tiene. Las batallas de los dioses de la mitología griega tienen este tipo de características.
Roger Federer desde ahora ocupa el lugar más puro y menos discutible de la historia del tenis. Justo en Wimbledon, su tierra sagrada y que solamente fue invadida por Rafa Nadal en 2008. Pete Sampras ya no precisará levantarse de su sillón para asistir a la ocasión especial. Sampras, antes que nadie, sabía que este día llegaría. Podría haberse elegido un traje más lindo.