Las butacas vacías y actividad en el ring; una extraña escenografía | Soledad Aznarez - LA NACION Por Osvaldo Príncipi
Para LA NACION
El ambiente, el bullicio, la queja, la ovación y la protesta son los componentes ideales de cualquier gesta deportiva, masiva y popular. Y el boxeo, que no es la excepción, no puede dejarlos de lado. El efecto y el sonido exacto que marcan la justeza de la llegada de los golpes en el cuerpo del boxeador son el medidor de este deporte. Y el eco que produce el mismo se percibe a través de los gritos y la exaltación de la gente.
Una simple hoja de papel, pegada en la puerta del viejo estadio de Castro Barros 75, informaba con letras desprolijas que "la velada pugilística de este sábado se desarrollará a puertas cerradas y con el acceso exclusivo de los pugilistas y un par de familiares directos". La sentencia, consecuencia de la pandemia de conocimiento público, se cumplió al pie de la letra en la reunión organizada por el promotor José Ferraro en la Federación Argentina de Box, donde observar las luces del ring encendidas y las tribunas vacías, causó una sensación muy rara. Casi semejante a creer o no, en la legitimidad de lo que iba a ocurrir.
Hubo golpes y knock-outs; intercambios de ganchos y esquives sobre las sogas. Hubo victorias y también derrotas. Pero no hubo aliento ni excitación en las tribunas, como si se tratase de un enfrentamiento entre fantasmas y no de peleadores.
Pocos hubiésemos imaginado que la actualidad sanitaria del país convertiría a las veladas pugilísticas porteñas en un choque de voces huecas, de relatores y comentaristas que a través de la radio y la televisión, se convirtieron en voceros absolutos de lo ocurrido en el recinto. "Por favor, baje la voz. Mi nene se pone nervioso si usted lo crítica. ¿No se da cuenta que lo está escuchando?", rezongó acaloradamente una madre que buscaba justificar la derrota que, de a poco, iba "fabricando" su hijo.
La habitual protesta de la tribuna especial, por los criterios de los jurados, quedó sepultada en un silencio interminable que causó la ausencia de los aficionados y la voz del cafetero penetraba en la pantalla de televisión tal si fuese el mejor consejero desde un rincón. Todos pelearon, algunos ganaron y otros perdieron. En silencio, sin gloria y con algo de pena. Ajenos y sordos al vocabulario propio de este deporte: "¡A la cocina!", "¡Hígado con cebolla!" y otras más.
Las miradas se impusieron a todo. Fue algo semejante a hablar con los ojos. De los boxeadores a los periodistas, de los técnicos a los jurados y de los padres a sus hijos, que "trabajaban" arriba del ring. Mas allá de los cuatro combates profesionales, la reunión terminó antes de lo previsto. Y ¡entonces sí!, en la pizzería de Castro Barros y Rivadavia comenzó la discusión entre mesa y mesa, entre jóvenes y veteranos, sobre el fallo del primer match preliminar que sólo pudieron ver por televisión.
Las voces se encendieron y alzaron su volumen y hasta algún grito obligó a un mozo a parar con el debate. Ahí sí, en la trasnoche del barrio de Almagro, se agrupó el público y le dio a la sobremesa el calor boxístico que no pudo tener el "misterioso estadio de las puertas cerradas".