Desafortunadamente, el período de descanso no funciona como un borrador gigante que limpia todo lo que quisiéramos eliminar del fútbol. Muchos antiguos vicios, o los de estos tiempos, están latentes y listos para salir a la superficie cuando la circunstancia los convoque.
Tan rápidamente como se oficializó la programación del torneo Apertura aparecieron comentarios sobre el malestar que en Gimnasia causaría asistir al festejo de Estudiantes en la segunda fecha, cuando se juegue el clásico platense. La gracia que este tipo de anécdota pudo haber causado alguna vez hoy empieza a ser fastidio. Comprensibles en el ámbito de una tribuna, lo preocupante de ese tipo de movimientos empieza cuando se traducen en alguna acción o presión institucional concreta, cosa que, se sabe o al menos se tiene por cierto, ocurrió muchas veces. Si Gimnasia, como club, atendiera ese rumor, le daría sustento al grado de hostilidad que en el fútbol se manifiesta de muchas maneras.
Esa es una sensación bastante extendida alrededor del fútbol: la de que se sobrepasan con demasiada frecuencia los límites de ese juego aparte que es la broma, la rivalidad o el folklore, o de lo que sería aceptable en la defensa de los derechos de cada uno. Con el desgastante sainete posterior a la "final" entre Vélez y Huracán sucedió algo por el estilo. Todo reclamo razonable tiene un límite, y dio la impresión de que Huracán atravesó esa frontera cuando tradujo su comprensible disgusto en un papel en la AFA que pedía anular el resultado del partido. Imaginar el mecanismo detrás de esa movida no es muy complicado: la presión de gente en masa y enojada suele ser bastante difícil de manejar. Pero los antecedentes son más que abundantes, con clubes que canalizan broncas hacia la competencia con el manejo caprichoso de la venta de entradas o procedimientos no muy considerados o diplomáticos cuando se compite por el pase de un mismo jugador, por dar algunos ejemplos.
Se habla de un medio cuya susceptibilidad creció en los últimos tiempos casi de la misma manera que su capacidad para hacer circular dinero, y que suele ser altamente demandante y propenso al reclamo exagerado. En el fútbol, en general, flota la sensación de que el ombligo propio es el centro del mundo y parece faltar el otro lado de esa cara: la capacidad para resignar en beneficio del bien común, la contemplación del derecho ajeno como una práctica sistemática.