
Del Olimpo de los dioses riverplatenses bajó la divinidad del pase. Y cuando los millonarios parecian haberlo perdido todo en la homérica batalla que propuso Chacarita, Ariel Ortega, desaprensivo como toda deidad, lanzó sus terribles rayos de victoria.
Un pase milimétrico para el joven Villalva y una definición ilustrada en parábola por encima del arquero cambiaron la derrota 2-3 por un triunfo que ahora, medido tras los insultos de la furiosa multitud y el júbilo desatado por esos goles milagrosos, es el más importante de hace tiempo a esta parte.
Curiosa tarde la del popular Burrito. En el primer tiempo pareció un ex jugador, sólo capaz de algún enganche y el consabido cambio de frente, sin gravitar, sin conducir, sin esperanzar a nadie. Luego, desde los 20 minutos del segundo tiempo, cuando menos podía aguardarse del veterano jugador, empezó a lucir como en sus mejores épocas. Se fue a un espacio más reducido, dejó de correr por toda la cancha e hizo la diferencia con el estilo que lo erigió en el mundial ´98, en uno de los tres mejores jugadores del mundo.
Es cierto que los cambios de Gorosito esta vez dieron resultados y que los pibes entrantes, Diaz y Villalva, trajeron la brújula que precisaba River. Era cuestión de pelota al pie, si lo sabrá River. Era un asunto de buscar por abajo y no con los pelotazos lamentables de los defensores. Más afortunado que Chaca, con los dioses de su lado, River terminó la tarde como pasajero de la locura colectiva y dio pena ver a los funebreros en ese cortejo del final, sin nada, después de darlo todo, y cuando se dice todo, se habla de mejor fútbol que River, de mucho coraje, de jugar sin renunciamientos ni ventajeadas.
Los cimientos son endebles, pese a la legítima alegría que una victoria asi provoca. Construir sobre esa base no es fácil, y sólo puede animar a la esperanza, la pobreza general que a todos les da ínfulas. River es bienvenido al campeonato del que se iba prontamente si no ganaba ayer. Que se prenda River y en la idea va el aferrarse a un campeonato en el que necesita llegar muy alto para ir a la Libertadores, pero también encender su fútbol, amigarse con su historia, es una buena noticia.
Para Chacarita, el triunfo era un minuto. Para River puede ser el comienzo de una era más positiva. Una ratificación frente a ese Central con levadura del arranque del torneo, podría promover que los millonarios sean otros en un par de semanas. Es tan poco lo que se necesita que a veces alcanza con unas pocas jugadas de algún dios de los potreros.
El subibaja al que, con pocas excepciones, se suben los equipos, fehacientemente demostrado en la segunda fecha, asegura que el fútbol golondrina heredado tras la estafa descomunal de la televisión, es pobre y parejo. Cualquiera puede salir de perdedor, y ahí reside su mérito.