Dice un proverbio oriental: "Cuando un arquero dispara una flecha por puro placer, mantiene toda su habilidad. Cuando dispara para ganar una medalla de bronce, ya se pone algo nervioso. Pero cuando dispara para ganar la medalla de oro, se vuelve loco pensando en el premio y pierde la mitad de su habilidad, pues no ve un blanco, sino dos" .
Ultimamente, al seleccionado se le señalan numerosos defectos. Entre ellos, hay uno que no es nuevo, que se mantiene en el tiempo: cuando la presión aumenta, el equipo ofrece menos garantías. En situaciones límite, de las que sirven para medir la personalidad de un grupo, la fortaleza mental no es suficiente. Algunos lo definen como espíritu de campeón y otros hablan de grandeza. Un plus que separa a los equipos comunes de los que quedan en la historia. La Argentina es susceptible a las grandes responsabilidades. Pierde soltura, seguridad y confianza. De ahí a no alcanzar el objetivo propuesto hay sólo un pequeño paso.
El ciclo de Diego Maradona repite síntomas que vienen de arrastre. ¿Es casualidad que al seleccionado, con la conducción del que fue el mejor futbolista argentino de la historia, le haya ido mejor en los amistosos que en los partidos oficiales? Cuando no estaban los tres puntos en juego, la Argentina venció de visitante a Escocia, a Francia y a Rusia; se podría agregar el éxito en Santa Fe frente a Panamá, aunque este rival no es la medida más adecuada. En todos los casos, la imagen fue la de un equipo más relajado, liberado de tensiones y con una relación más natural con la victoria.
La tendencia se invierte cuando la Argentina entró en la cancha por las eliminatorias, con la misión de allanar el camino al Mundial: goleó a Venezuela, le ganó a Colombia con la angustia clavada en el pecho y perdió con Bolivia, Ecuador y Brasil. El equipo empezó a sufrir bloqueos y a diluirse. El sistema nervioso lo traicionó. Esto se traduce en cuestiones más futbolísticas: este equipo se siente más cómodo cuando no debe asumir la iniciativa del juego, cuando no carga con el peso de un partido. Esta responsabilidad la pudo evitar en los amistosos, y le fue bien, pero las eliminatorias le están demandando un papel más activo y protagónico, con los resultados conocidos.
Si se amplía la mirada, las dificultades de la Argentina se remontan varios años y en contextos de más trascendencia. No por nada el seleccionado mayor no obtiene un título desde 1993. Desde entonces, cayó en dos finales de la Copa América, en otra de la Copa de las Confederaciones (en todos los casos frente a Brasil) y nunca pasó los cuartos de final en los mundiales. La Argentina es ese arquero de pulso tembloroso y mirada extraviada cuando debe apuntar a los blancos más valiosos.