John Daly, una historia en la que el talento fue jaqueado por el acohol, el sexo y el juego - AFPEl León la había embarrado otra vez. John Daly salió en aquella foto con los ojos hinchados y semicerrados, despeinado y vestido con una camisa naranja, como si fuese un recluso de Guantánamo. Aquel 27 de octubre de 2008, la policía de Winston-Salem, en Carolina del Norte, lo había encontrado borracho en las afueras de un local de comidas Hooters. El reporte señalaba: "El sujeto se mostró totalmente intoxicado y poco cooperativo". Sin ningún medio de transporte a mano, el californiano fue trasladado a la cárcel del condado de Forsyth por 24 horas para que saliera de su estado de embriaguez. Y allí lo retrataron, en la imagen más patética de su ondulante carrera como golfista.
El descenso a los infiernos de este grandote con cara aniñada parecía no tener fin el año pasado. No quedaban ni rastros de aquel formidable pegador, convertido en uno de los mejores del mundo luego de adjudicarse dos majors: el PGA Championship 1991 y el British Open 1995, el pico más alto de su trayectoria. En 2008 encadenó una macana tras otra, secuencia que derivó en una suspensión de 6 meses impuesta por el PGA Tour. Tim Finchem, la máxima autoridad del circuito, no toleró la seguidilla de cuatro lamentables episodios, muy lejanos a las reglas de etiqueta que sugiere el golf.
Además de aquel incidente en Hooters, Daly ofreció una entrevista televisiva en cueros y descalzo para promover una cancha en Missouri. Venía de someterse a una operación en donde se le implantó un anillo de siliconas en la parte superior del estómago. Pesaba 127 kilos e insinuaba una incipiente recuperación (luego llegó a bajar 19 kilos) pero este deporte tan apegado al decoro no soportó verlo en TV con la panza al aire, vestido con apenas unos jeans y una gorra. En otra ocasión cercana en el tiempo, durante el Pro-Am del Buick Open, utilizó una lata llena de cerveza como tee para ejecutar un golpe con el driver. Quería captar la atención de alguna manera, y todo el público le festejó la travesura. Además, durante una suspensión por lluvia en un certamen en Florida, convenció en la carpa de hospitalidad a Jon Gruden, coach de los Tampa Bay Buccaneers, para que le llevara los palos en los siete hoyos restantes. Reemplazó a su caddie y confió en un hombre que sólo podía hablarle sobre fútbol americano. Por supuesto que Daly no pasó allí el corte, al igual que otras nueve veces en la temporada 2008 del PGA Tour, además de dos abandonos entre 17 torneos jugados.
Su comportamiento colmó también la paciencia del prestigioso instructor Butch Harmon (ex entrenador de Tiger Woods), que lo abandonó diciendo: "John debería demostrarme que el golf es el asunto más importante de su vida, pero lo más importante para él es estar de fiesta".
Esa vida turbulenta alumbró ya desde sus comienzos como profesional, en 1986. Combinó un sinnúmero de adicciones (juego, sexo, alcohol) que dejaron en el camino cuatro matrimonios, jugosos contratos y estropeó una carrera que estaba destinada a entregar muchos más éxitos. En doce años, su compulsión por el juego le hizo derrochar casi 60 millones de dólares, dato que revela en su libro "Mi vida dentro y fuera del rough". El León no escatima detalles en esa autobiografía. En sus páginas cuenta que tras perder en un desempate ante Tiger Woods en el American Express Championship de 2005, en San Francisco, tomó el cheque de 750.000 dólares de premio, se subió de inmediato a su auto y viajó hasta Las Vegas, en donde perdió un total de 1.650.000 dólares en cinco horas. Su perdición aquel día fueron las tragamonedas.
En ese mismo libro hay un capítulo especial sobre sus números. No precisamente referidos al golf, sino a su otra vida: la cantidad de cigarrillos fumados en un año, como también las botellas de Jack Daniels y de Coca Diet ingeridas, además del dinero derrochado en el casino. Y en su afán por confesar sus desgracias, también sacó un disco ("Mi vida") junto a conocidos músicos. Uno de los temas lleva como nombre: "Mis ex esposas usan Rolex".
Son incontables las anécdotas negativas. En Sydney, hace nueve meses, estrelló la cámara de un espectador contra un árbol, molesto por los flashes. En 1993, durante el Kemper Open, arrojó los palos a un estanque y fue descalificado por negarse a firmar la tarjeta. Entre tantos patrocinadores que ahuyentó por su mala conducta aparece Callaway, una de las firmas más reconocidas en este deporte, que en 1999 le rescindió un acuerdo por 3 millones de dólares por violar una cláusula que lo obligaba a mantenerse lejos del juego y el alcohol.
Daly, que en 2000 vino al país para animar el Desafío de Maestros en el Olivos Golf Club, tiene fobia a volar. Por eso, siempre se moviliza en su enorme casa rodante que estaciona cerca de los distintos campos. Ahora lo hace en el Tour Europeo, el circuito que lo cobijó, en donde luce unos estrambóticos pantalones multicolores y un peinado nuevo. Pero su espíritu indomable -reflejado hace unos años en el reality show "Daly Planet"- también tiene un costado noble, ya que participó en numerosas obras de caridad. Con todos sus problemas a cuestas, dicen que es un gran tipo. "Nunca he ocultado nada de lo que me ha pasado en mi vida porque creo que mi experiencia puede ayudar a alguien. Todos cometemos errores, pero la mayoría se avergüenza o tiene miedo a confesarlo", sostiene Daly, de 43 años. Cada vez que el León ruge, se lleva todo por delante.
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