Por Claudio Cerviño
De la Redacción de LA NACION
Hay algo más lindo que ganar un Grand Slam? Sí, ganárselo a un campeón, a un monstruo. Esa sensación incomparable une los corazones y las sensaciones de tres generaciones, de tres personalidades diferentes, de tres argentinos que, a la vez, se coronaron en el US Open: Guillermo Vilas (1977), Gabriela Sabatini (1990) y ahora, Juan Martín del Potro. Ellos pusieron de rodillas a Jimmy Connors, a Steffi Graf y a Federer. Nada menos.
De algo tiene que estar orgulloso el más grande: su ejemplo tuvo émulos. No lo han dejado como un mojón único y aislado en la historia del tenis argentino. Sentir que se abren puertas para que otros sigan el camino es maravilloso, porque el recuerdo será indeleble. Los libros marcarán que hubo un pionero, pero también quienes prolongaron la huella.
Vilas cambió el tenis en nuestro país, lo hizo más popular. Aquel 77, con algunos récords que perduran hasta hoy y en el que fue N° 1 salvo para la computadora, llegó al West Side, en Forest Hills, con expectativas de ganar su segundo Grand Slam, meses después de su categórico triunfo en Roland Garros. Todos palpitaban una eventual final con Björn Borg, rey de Wimbledon, pero el sueco tuvo problemas físicos y quedó al margen previamente. La final sería contra Jimbo, sobre el verde clay. Y como a Delpo ayer, a Vilas le costó un set y medio meterse en el partido. Con paciencia china, se aferró a la estrategia planeada por Ion Tiriac (mucho slice sobre el drive del norteamericano) y celebró, a los 25 años, su victoria más rutilante. Dos Slams en el año, 17 torneos. Una obscenidad. Como el irrisorio cheque por 33.000 dólares, casi un vuelto comparado con los premios de hoy.
Un año después, el US Open se mudó al National Tennis Center, en Flushing. Cemento, con la clara intención de propiciar más conquistas americanas. El propio Vilas alcanzó una semifinal más, pero ya no era lo mismo. Y la pregunta: ¿podría ganar otro argentino alguna vez? Mientras, el marplatense también se anotaba dos títulos en el Open australiano, sobre el césped del Kooyong.
Gaby tenía 20 años, igual que Delpo. Tenía buenas victorias, varios títulos, pero el Major se hacía rogar. Se le había escapado el US Open en 1988, ante Graf. Nada hacía prever que lo lograría en ese irregular 1990. Aunque estaba recuperando la alegría de la mano de Kiki Kyrmair. Y pudo con Steffi, en dos sets. Dejando una lección para todos: las oportunidades hay que tomarlas cuando se presentan. Muchos imaginaron que ése era el comienzo de una serie de Slams que obtendría Sabatini, teniendo en cuenta su edad y su tenis. Fue el único, pese a que volvió a estar cerca en Wimbledon 91. Inolvidable igual.
Imposible olvidar a Gastón Gaudio y su raqueta volando por los aires en Roland Garros, venciendo en cinco sets a Guillermo Coria, como tampoco aquellos choques de manos con la gente, en plena vuelta olímpica antes de la premiación. Curiosidad o no, con el mismo coach que el Gato (Davin), Del Potro hizo lo mismo ayer en plena final con Federer tras ganar un punto fantástico.
Delpo, con mucho de la garra y la cabeza de Vilas, pero con un tenis diferente, explosivo y agresivo, acaba de poner en órbita nuevamente al tenis nacional, cuando la Legión, entre lesiones y edades, parecía extinguirse. Sólo parecía.