En el Club Independiente, los chicos, que como Del Potro cuando era niño juegan al tenis allí, alentaron en cada punto | Mauro V. RizziTANDIL.- Vuelan las remeras por el viento en el restaurante del Club Independiente. Son de los pibes que, como Juan Martín, andan todo el día por allí, raqueta en mano, como si fuera parte de un uniforme que identifica a la ciudad. La cuna de la mayoría de los mejores tenistas argentinos de los últimos años. Y, desde ayer, también cuna de un gran campeón como Del Potro.
Por eso ese festejo alocado que reparte abrazos y lágrimas. Con cánticos que le dedican el título a Nadal con un "Y ya lo ve, y ya lo ve, es para Rafa que lo mira por TV". Y otro dedicado al rival de ayer, más subido de tono y por ello cantado con cierta mesura y algo de temor al reto de los profes, que hablaba de cómo "Despacito, despacito, despacito…" el ídolo tandilense le pudo romper a Roger Federer una racha de cinco títulos consecutivos en el Abierto de los Estados Unidos.
En el pequeño buffet del club, aquel que está al fondo del predio y a un paso de las canchas de tenis, casi alfombrado por el polvo de ladrillo de tanto ir y venir de cientos de pibes que por allí se entrenan, toda la emoción es del mandamás del lugar, al que todos conocen como "Picho". "Vamos Delfor (sic)", gritó durante todo el partido, punto a punto, casi pegado al viejo televisor Philco de 20 pulgadas, quizá para tener a tiro de vista un tanteador que en la pantalla más que leer se adivina.
"No te muevas, no atiendas, Picho", le piden dos de las chicas que formaron la reducida platea junto a la mesa de pool. La cábala parece que da resultado y esta vez, más que nunca, vale la pena resignar las ventas a favor de un tanto, un game o un set más para Del Potro. O "Delfor", como él insiste en llamarlo a los gritos.
La alegría infinita es la de Marcelo Gómez, o el Negro, como aquí todos conocen a este entrenador que es responsable de la escuela de tenis del Club Independiente y formador y fiel ladero, hasta hace unos pocos años, nomás, de aquel prometedor Juan Martín que ayer se recibió de Grande. "Sí, Grande con mayúscula", dice, y pide que se lo remarque.
Y salta y se abraza con sus alumnos en la puerta del club, ya fuera del restaurante que da a la avenida. Allí se juntó casi un centenar de esos pibes que aceptaron con gusto cortar las clases a las 17.30 para asegurarse un lugar en la sala y seguir en pantalla gigante la gran final.
Una batalla que empezó con cierta resignación porque Juan Martín no le encontraba el camino al partido. "Ah, no, es de otra galaxia", dice Gómez desde la última fila cuando ve a Federer acertar un fantástico passing cruzado con el que deja desairado a Del Potro y le quiebra el saque por primera vez.
Pero se llena de elogios para su ex alumno cuando en el segundo set se acerca al tie break: "Por fin metió dos bolas seguidas", dice después de una serie de imploraciones que fueron desde "Dame un ace, dame un ace" para Juan Martín hasta suplicar una y otra vez por "doble falta, doble falta" con cada saque de Federer.
La derrota en el tercer set quebró los ánimos. Por primera vez el restaurante dejó butacas libres. Que se vuelven a ocupar cuando avanza el cuarto set y el tandilense crece hasta ganarlo. Entonces sí, con los pibes ya saltando sobre las mesas, por primera vez parece que el sueño es posible. Y mientras tanto Gómez va y viene. Del restaurante repleto hasta el buffet. Y allí se escuchan cada vez más fuerte los gritos de Picho. "Vamos, Delfor, vamos Delfor", brama cuando llega la victoria.
"Era cuestión de tiempo porque jugando como le ganó el sábado a Nadal iba a tener un título así, hoy o más adelante", dice y festeja Gómez, convencido de estar frente al mejor Del Potro que se haya visto desde que está en el circuito.
Suenan las bocinas. También algún petardo desde algún barrio. De la familia de Juan Martín, siempre celosa de su intimidad, no hay noticias. Los festejos están todos frente al Club Independiente. Apenas un tibio prólogo para la bienvenida en caravana, con autobomba y alguna sorpresa adicional, que ya prepara la ciudad para el regreso del campeón. El ídolo de Tandil. Y desde ayer, con el diploma de Grande. Como pide Gómez, con mayúsculas, merecidas como nunca.