Gran Premio de Alemania, en 2000. Los boxes de Nürburgring estaban casi desiertos tras la primera jornada de actividades. Sentado estaba Flavio Briatore, el líder del entonces equipo Benetton, que lucía el patrocinio de Playlife, con la tipografía al revés. Giancarlo Fisichella y Alexander Wurz eran sus pilotos. En el cómodo motorhome, ofreció una suerte de conferencia de prensa para medios italianos y de habla hispana.
Al ingresar en el lugar se advertía el intenso aroma de su perfume exclusivo. Si bien estaba vestido con los colores del team, al salir del autódromo lucía exclusivos trajes con los que solía participar de las fastuosas fiestas en los yates amarrados en el puerto de Montecarlo. O como cuando bajaba de su avión particular, siempre al tono con su maletín, que encerraba documentos de negocios que, para muchos, siempre rozaron la línea de lo permitido o carecían de escrúpulos.
Su enemistad con Max Mosley, el presidente de la Federación Internacional del Automóvil (FIA), fue anunciada a los cuatro vientos. Y ante cada pronunciación del dirigente, Briatore, que se paseaba por los boxes con la esbelta morena Naomi Campbell (la alternaba con Heidi Klum o Elisabetta Gregoraci), salía al cruce. Mosley se alineó al estilo conservador de la Fórmula 1. Buscaba la excelencia técnica por encima de cualquier otro atractivo, hasta que hace unos meses sorprendió con la quita de presupuesto para todos los teams.
"A mí no me interesa que el auto logre 20 km/h más de velocidad final. No creo que eso le agregue valor a este espectáculo. Yo soy partidario de aquello que viste el acontecimiento. Añoro aquellos años en los que las promotoras eran tan admiradas como las máquinas que rugían en la grilla. Cuando las grandes personalidades y el jet set tomaban el paddock de la Fórmula 1 como su hábitat natural para demostrar al mundo cuánto glamour posee este ambiente. Esta F.1 de hoy es por demás aburrida", arremetía el canoso playboy, hoy de 59 años.
Organizador de grandes fiestas en su exclusivo local Billonaire, de Cerdeña, quizá comparables con las de Silvio Berlusconi, se asomó a l a máxima categoría en 1995, con el mismo Benetton, gracias a la gran relación que mantiene con la poderosa familia italiana que le puso su apellido al team. Luciano adquirió el equipo en 1989 y le ofreció a Briatore la conducción en un ámbito desconocido por el grupo italiano, como premio tras demostrar su talento cuando supo imponer la marca de ropa en los Estados Unidos. "No me gusta la Fórmula 1. Me gusta mi trabajo y construir productos para venderlos. Y hay algo que es fundamental: debo estar rodeado de gente con la que me sienta muy cómodo. Si no es así, me voy", advirtió el socio del eterno mandamás de la F.1, Bernie Ecclestone, en el equipo de fútbol Queens Park.
Justamente Briatore asomó como el "sucesor natural" de Bernie en la máxima categoría. De aquel director deportivo que no conocía el mundillo de la velocidad, con gran habilidad se convirtió en uno de los grandes referentes de uno de los más fabulosos negocios del mundo del deporte, además de captar talentos como Michael Schumacher y Fernando Alonso, ya cuando el team dejó de ser Benetton para quedar bajo el ala de la empresa automovilística Renault.
Briatore, un excéntrico personaje que, aquella tarde de Nürburgring, cuando recibió a la prensa de habla hispana, mostró en un puñado de minutos todas sus características.