Por Daniel Meissner
De la Redacción de LA NACION
Atrás, muy atrás, quedaron los tiempos en los que una discusión entre dos pilotos por un toque (por lo general, con el casco aún puesto, porque ahí se terminaba todo?) era un escándalo de proporciones. Una afrenta de tal tipo, hace -digamos- veinte años, podía llegar a dar la vuelta al mundo acompañada de las más diversas y volcánicas opiniones. Todavía se recuerda aquella pelea a puño limpio entre Nelson Piquet y Eliseo Salazar en Hockenheim 82, cuando el brasileño entendió que había sido tapado por el chileno y la acción terminó con el despiste de ambos...
Entonces, casi que se crucificó a los dos por un cruce de manotazos, más producto de la excitación del momento que por una enemistad manifiesta que, por otra parte, jamás existió. Se dijo que la Fórmula 1 estaba "en crisis" y los especialistas se preguntaban "hasta dónde [podía] llegar esto". Hoy, la barata demostración pugilística que no duró más que unos segundos parece un juego de niños cuando se la compara con las trampas técnicas, las aberraciones verbales y las descaradas infracciones reglamentarias que se cometen en nombre de un progreso que no parece ser tal.
Hoy se llama "escándalo" a otra cosa. Un choque en una carrera, aunque sea a propósito, es una nimiedad. Tanto se tergiversó todo que cosas mucho más graves ya no sorprenden ni erizan la piel de nadie. Los dos últimos años fueron pródigos en dislates que requirieron de horas de infructuosas charlas en escritorios y sólo la sanción aplicada ayer a Flavio Briatore fue ejemplarizadora. El resto navegó a dos aguas entre castigos menores y un "pase y siga" casi desatento a las circunstancias que generan cada irregularidad.
En 2007, se comprobó que McLaren, a través del responsable técnico de carreras de Ferrari, Nigel Stepney, había recibido información secreta de la escuadra de Maranello para armar su máquina de aquel año. Para entonces, Stepney evaluaba dejar la casa italiana, disconforme con la flamante gestión Schumacher , y antes de irse, vendió datos. ¿Sanción? Unos cien millones de dólares al equipo inglés, luego reducidos a la mitad y la eliminación de McLaren-Mercedes del Mundial de constructores, canjeada por una mucho más conveniente "no eliminación" de los puntos de sus pilotos en el Mundial de conductores, el que perdieron de todos modos.
En marzo de 2008, todo parecía medianamente olvidado. Hasta que lejos de aportar paz, nada menos que el presidente de la FIA, Max Mosley (quien pregonaba la rectitud más acérrima en su función), fue descubierto en un video con cinco prostitutas en una orgía de tintes sadomasoquistas. Ello no hizo más que sacar a relucir lo más escabroso del pasado nazi de su familia. A Max no le vino nada mal el affaire . No sólo mantuvo su cargo: también le ganó un juicio al periódico que lo delató. Como si no hubiera sido suficiente, antes del GP de Alemania de este año, Bernie Ecclestone elogió al dictador Adolf Hitler. Pidió perdón poco después, pero en el ambiente quedó la sensación de que, político con amplia cintura al fin, el mandamás no estaba convencido de sus disculpas y sólo lo hizo para frenar otro descalabro mediático.
La posterior lucha de poderes entre la FIA y las principales escuderías amagó con partir en dos a la F. 1 por el tema de reducción de costos. Al final, unos (los dirigentes) no amenazaron de modo tan sólido y bajaron sus pretensiones, y otros (los equipos) aceptaron un acuerdo, aun llevándose menos de lo que buscaban, pues, de todos modos, deberán achicar sus gastos progresivamente.
El 30 de agosto pasado, cuando se conoció que la FIA estaba investigando el accidente de Piquet Jr. en Singapur, quedó claro que los fantasmas de los escándalos seguían sobrevolando. Por lo menos, esta vez hubo una exclusión de por vida: la de Briatore. Fue justa y lógica, pero si se hace una retrospectiva, se verá que fue el único sancionado en serio después de tantas faltas inescrupulosas. Allí, entonces, también se correrá el riesgo de ver al duro Flavio como el pato de la boda...