Los destinatarios del insulto fueron periodistas, pero lo mismo daba que se hubiera tratado de hinchas uruguayos, argentinos, personal del estadio, curiosos o lo que fuere. No cabe la mirada contemplativa para el que obra bajo emoción violenta: ya había mediado un buen rato entre la agitación del partido y el momento de la conferencia de prensa. Tal vez Maradona obró empujado por dos cosas: una, su propia e ilimitada impulsividad; otra, la seguridad, consciente o subconsciente, de que no tiene que rendirle cuentas a ninguna estructura jerárquica que sancione como debería la enormidad que protagonizó ayer.
En cualquier organización seria, de las que entre nosotros no abundan pero son comunes en sociedades más lógicas, hoy Maradona estaría sin trabajo. Lo despediría sin vueltas quien desde alguna superioridad se imponga cuidar que nadie, sea quien sea, transgreda las formas básicas del respeto al semejante. Maradona obró como quien sabe muy bien que eso, aquí, no existe.