Valentino les dispensa una buena parte de su tiempo a los hinchas; el campeón responde a las requisitorias ataviando a una gallina con una casaca alusivaDe la Redacción de LA NACION.- Un eterno adolescente anida en el interior de Valentino Rossi. A los 30 años, el italiano, consagrado por novena vez campeón mundial, es un hombre feliz por su posición de leyenda viviente. El sitial del Olimpo que tan bien le sienta, de todos modos, no logró aplacar ese ímpetu de pubertad que lo asalta en los momentos de gloria. El domingo, en Sepang, Malasia, ganó por séptima vez la corona de la categoría reina del motociclismo de velocidad y la celebró como si fuese la primera. "Gallina vieja hace buen caldo", rezaban su remera y la de sus fanáticos, con quienes comulga en una llamativa simbiosis hace ya 15 años.
Desde que llegó al Mundial de las dos ruedas, allá por 1996, Rossi demostró que no había aterrizado en la elite para convertirse en uno más. Pronto, entre gestos de desparpajo y complicidad con la gente, empezó a destacarse tanto en la pista como fuera de ella. Su figura estilizada le complicó el manejo sobre las motos de 125cc, pues le costaba envolver la máquina con el cuerpo para cortar el viento. Igual, fue campeón en su segundo año y si bien a sus rivales les ganaba casi siempre, éstos lamentaron su partida cuando saltó a los 250cc, "porque era un tipo divertido", según el consenso general.
Ya festejaba sus éxitos disfrazándose de Robin Hood, de ángel, de arlequín o de pollo, potenciado por sus seguidores que empezaban a armar distintas escenografías para tales celebraciones. La figura en ciernes de Rossi no era fácil de distinguir para los desprevenidos: pasaba de llevar el pelo largo a cortárselo y teñírselo con los colores de la bandera italiana o a raparse a cero. Su imagen ganaba lugar en los medios tanto por su destreza para desanimar oponentes como por las extravagancias que preparaba al costado de los circuitos, siempre arengando a su gente a participar de la fiesta.
Después de dos temporadas en los 250cc (y otro título) empezó su derrotero en la categoría mayor, por entonces 500cc y hoy MotoGP. Allí, dicen los expertos, se ve a los verdaderos centauros de la velocidad, a los que -si se lucen- quedan en la memoria de los fanáticos grabados a perpetuidad. Valentino se cayó varias veces en su primera temporada y pagó el consabido derecho de piso, pero también se hizo de una férrea sociedad con Jerry Burgess, el histórico patrón de otro monstruo como Michael Doohan. Con Burgess, Rossi creció como piloto y pulió detalles que lo convirtieron en el favorito del público más allá de nacionalidades. Honda le proveyó una máquina oficial y entonces sí la Rossimanía se desató sin contemplaciones, a medida que los triunfos se sucedían casi sin parar.
Talentoso por naturaleza, humorista por costumbre, centro de la escena aun sin proponérselo, amigo de sus rivales, respetuoso de los mecánicos de todos los equipos, Valentino (para entonces bautizado "The Doctor" por sus cirugías mayores para vencer) se mudó de Tavullia a Londres con el fin de escapar un poco del acoso de sus hinchas. "Los quiero mucho, pero que monten guardia en la puerta de mi casa las 24 horas ya es demasiado", dijo para justificar su traslado.
La imagen que Rossi ofrece, siempre festiva, llama a engaño, pues parece la contracara del profesional abstraído de todo. Pero no hay nada de eso. Valentino se toma su tiempo para todo y balancea las cosas. Acude a sus fans clubes, atiende a los sponsors y se zambulle en largas jornadas de ensayos sin renegar, todo con la pasión de quien disfruta de su trabajo. En 2006 y en 2007, cuando la diadema de MotoGP fue a parar a las arcas de Nicky Hayden y de Casey Stoner, respectivamente, se dijo que Rossi estaba en decadencia.
Para sus fanáticos, la YZR M1 que Yamaha le entregaba ya no era una moto acorde con su calidad; para sus detractores, Rossi perdía energías en sus coqueteos con Ferrari, girando en una F2004 y mencionando su interés de participar del elenco estable de la Fórmula 1.
En 2008, tapando las bocas de quienes lo tildaban de acabado, el italiano cortó los dos años de sequía, algo a lo que sus hinchas no estaban acostumbrados, con 9 triunfos en 18 carreras. Para refrendarlo, apareció con una remera que llevaba el N° 8 (por los títulos obtenidos hasta entonces) y la frase "Scusate il ritardo" (Perdón por la demora), dirigida a sus incondicionales de siempre.
Hoy, cuando los flashes vuelven a posarse sobre la cara aniñada del campeón y sus hinchas reparten huevos con el N° 9, no falta la propuesta para cuando Valentino ya no compita (en Yamaha suponen que lo hará a fines de 2010) de retirar el célebre "46" que lo identificó siempre. Sería un homenaje cabal para el último gran héroe moderno de las dos ruedas.