Puede causar antipatía un ensayo sobre merecimientos cuando el veredicto se toma a partir de lo que sucede en una sola actuación. Tal vez no sea del todo preciso considerar como justa o no una coronación si ésta no guarda relación directa con el devenir de una temporada con diferentes grados de exigencia y estados. Pero más allá de que el rumbo hacia la gloria o el abismo de la frustración es ciertamente estricto, existe un sustento de la proclamación del monarca. ¿Suerte? Probablemente haya influido en cierto punto la fortuna, pero no se llega a la cima sólo por casualidad, y menos si el protagonista de esta aventura de grandeza es Hindú.
La irrevocable hegemonía del conjunto torcuatense tiene una categórica validez a partir de su condición de rey indómito. Lo hicieron tambalear en algunos momentos, sí, pero en los últimos cuatro años nadie logró derrocarlo. Sobrevivió con entereza a las adversidades –no fueron menos de las que amenazaron a sus adversarios– y sigue vigente, con los referentes de siempre como sostén, aunque el verdadero propulsor de la omnipresencia esté vinculado con la unidad y la defensa a ultranza de preceptos inherentes a la cultura de lo que se asume como una verdadera familia.
El embrión de la auténtica fortaleza se encuentra en una filosofía tan arraigada como protegida; el club entero está vigorosamente identificado con una manera de pensar y sentir, ADN que los jugadores vuelcan con naturalidad en el campo. "Disfrutar jugando, disfrutar como espectador y buscar sin condiciones superarse día a día", puede ser el resumen de la ideología en el bastión de Don Torcuato. Esos son los principios basales del gobierno de Hindú, y mientras nadie anteponga una alternativa tan enérgica, los pasos del elefante continuarán marcando el destino de la marcha del rugby de Buenos Aires.
En el curso de sus implacables actuaciones –en su mayoría– se trató repetidamente la exaltación de su juego; no es un desatino asignar a los capitaneados por el experimentado Senillosa como el equipo de mejor expresión rugbística. Dicha consideración es indiscutida, más allá de lo que pueda reivindicar un solo marcador. Indudablemente, de este torneo le quedó pendiente el desquite con Atlético del Rosario, frente al que se frustró las dos veces que lo enfrentó –las únicas resignaciones de la campaña–. La renovación de su gobierno redondea lo que fue el extraordinario período. Los números de estos cuatro años de brillantez son implacables: en este periplo grandilocuente, el tetracampeón disputó un centenar de encuentros, en los cuales obtuvo 83 victorias, tres empates y sufrió solamente 14 traspiés. Además, nadie goleó tanto como él, con 3394 puntos, con 1925 recibidos. En este ranking abarcativo de 2006 a 2009, Alumni aparece como escolta, con 69 éxitos, 26 derrotas y dos igualdades en 97 cotejos; el podio lo completa justamente el CASI, con una estadística de 65 triunfos, dos empates y 28 caídas en 95 compromisos. Poco queda por agregar de la asombrosa monarquía torcuatense, ahora sellada con una hazaña que hacía 17 años que en la URBA no se daba, desde la gesta de Alumni (1989-1992). La superpotencia de Don Torcuato no se debilita, en una era que desde hace tiempo lleva su sello indeleble.