En la cárcel de Campana, Emanuel Lanzalot marca el empate transitorio en el partido contra El Trébol | Roberto CastroA los 25 del primer tiempo, el gol de los visitantes había caído como un balde de agua fría. Había que empatar, y rápido. Dos minutos después de aquel 0-1, Fabián Gamboa, el 9 del equipo, peleó una pelota en la medialuna del área rival. Con lo justo, alcanzó a puntearla por sobre el último defensor para que entrara sólo por la izquierda Emanuel Lanzalot, un habilidoso número 10 que, después de gambetear la salida del arquero, tocó para desatar el alivio del empate parcial.
Lanzalot, el autor del gol, tiene 20 años y está detenido en la Unidad Nº 21 de Campana por un robo. Gamboa, que lo habilitó y ahora lo felicita por el gol, es uno de los guardiacárceles del mismo penal. De un lado y del otro, ambos esperaron toda la semana este partido. De un lado y del otro, ambos volverán a estar nuevamente en veredas opuestas cuando termine el encuentro. Mientras tanto, estarán unidos por el fútbol, disfrutando de la sensación de libertad que les dan esos 90 minutos.
Así es Pioneros, un equipo formado por internos y empleados del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB), que se convirtió en el primero con estas características que disputa un torneo oficial del fútbol argentino. Lo hacen en la Liga Campanense, afiliada al Consejo Federal de la AFA, con una particularidad que envidiarían muchos equipos en cualquier lugar del mundo: juegan todos los partidos de locales y sin público visitante.
"Está bien salir un poco del encierro, cambiar de ambiente y relacionarnos con gente de afuera", dice, mientras se calza los guantes, el arquero Facundo Badaracco, quien en algún momento jugó en las inferiores de Boca. Como para la mayoría de los internos, su objetivo es claro: "Esto nos sirve para reinsertarnos en la sociedad. Lamentablemente estamos acá, por cosas de la vida, pero nos gustaría tener una revancha".
Durante el partido, el ambiente es distendido y las bromas surgen continuamente. Desde la línea de cal, Marco Colazzo, el técnico, no deja de gritar. Ni las camisas a lo Luis Zubeldía, ni remeras con frases, como las de Diego Cagna. El look de Colazzo es un riguroso uniforme del SPB, que él mismo se señala con una sonrisa cuando uno de sus dirigidos le dice: "¡No seas buchón!". Colazzo es un empleado del SPB con el título de director técnico, que ejerce esa ocupación en su tiempo libre.
Gracias a un ingenioso aprovechamiento de los recursos, Pioneros cuenta con una estructura similar a la de otros equipos. Así, el preparador físico es el profesor de educación física del penal. El servicio médico es cubierto por la ambulancia de la cárcel y, en cuanto a la seguridad, no hace falta contratar policías. Los guardias que custodian el predio prestan su servicio a la hora del partido. Los "dirigentes" del club son las autoridades del penal, que se encargan de "fichar" a los jugadores, conseguir los permisos de cada juez y gestionar ante la municipalidad el arreglo de la cancha. Y a falta de hinchada, los jugadores de reserva y algunos empleados alientan desde los troncos pintados de blanco que sirven, al mismo tiempo, de platea y de banco de suplentes.
De los doce partidos que jugó hasta el momento, Pioneros perdió sólo dos. Más allá de la ventaja de ser el "eterno local", la calidad de varios jugadores es notable. "Al principio, los de la calle venían pensando que éramos los peores y se llevaban la sorpresa", dice Leonardo Gallo, un volante de 24 años y preso desde hace dos. Gallo cuenta con orgullo que llegó a jugar en la 3a división de Colegiales, donde lo dirigió el "Tano" Pasini. Como él, son varios los que jugaron en las inferiores de diferentes clubes. Lanzalot, por ejemplo, llegó a estar en la 5a división de Tigre y se ilusiona con volver: "Me prometieron que si salgo con libertad condicional o para trabajar me van a probar". Esa ilusión podría tener su chance este año.
Miguel Pañales, el espigado central y capitán del equipo, resume la importancia que le dan al fútbol: "Para mí, venir a jugar es una manera de irme a mi casa, porque hace 7 años que estoy acá y me quiero ir. Esto me ayuda a tener buena conducta y alejarme de los berretines". Gallo se ilusiona con lo mismo: "A la noche me pregunto qué hago acá. Me gustaría estar en una cancha, pero con mis hijos".
Es hora de volver al vestuario. El partido terminó 2 a 2, pero en un rato eso poco importará. Cruzarán las puertas del penal y comenzarán a contar los días que faltan para el próximo compromiso o para disfrutar de otros 90 minutos de libertad.