¿Precisa crear el deporte una agencia anticorrupción ante los nuevos escándalos que sufrió en 2009? La pregunta fue formulada por el periodista alemán Jens Weinrech a decenas de miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) el mes pasado en Copenhague durante la votación que coronó a Río de Janeiro como sede de los Juegos de 2016. "No necesitamos una Agencia Anticorrupción", respondió Joseph Blatter, presidente de la FIFA. "Ya tenemos una Comisión Etica que trabaja muy bien", dijeron a su vez Juan Antonio Samaranch, el príncipe Alberto de Mónaco y el noruego Gerhard Heiger, titular de la Comisión de Marketing del COI. "No hace falta porque desde que asumió (Jacques) Rogge todo es trasparente", contestó el irlandés Patrick Hickey, presidente de los comités olímpicos europeos. "Sería muy caro y no tenemos el profesionalismo necesario", explicó el australiano Kevan Gosper, ex vice del COI. "Nuestro problema es el doping y para eso ya está la WADA (Agencia Mundial Antidoping)", siguió el uruguayo Julio Maglione, presidente de la Federación Internacional de Natación.
"La dirigencia deportiva se describe a sí misma como una gran familia y, como tal, no quiere que sus trapos sucios se laven fuera de casa", me dice Jens Sejer Andersen, director de Play the Game, la organización danesa que lleva años debatiendo sobre corrupción y ética en el deporte.
Andersen elevó una carta a Rogge, presidente del COI, diciéndole que la quiebra de ISL y los escándalos de las apuestas y de lavado de dinero, entre otros, indicaban que el deporte debía crear patrones comunes para establecer límites y, de ser necesario, formar una Agencia Anticorrupción. La carta llevó firmas de famosos periodistas de investigación, como Andrew Jennings, Declan Hill y Weinrech, ex medallistas olímpicos, como el remero canadiense Adam Kreek, especialistas antidoping como Alessandro Donati y escritores amantes del deporte como Eduardo Galeano. Rogge ni siquiera mencionó el tema en las 66 recomendaciones finales que elevó en la clausura del Congreso del COI en Copenhague. "Pero una cosa –me dice Andersen– pueden ser los problemas externos, como las apuestas ilegales de Asia, que dejan ganancias de cien mil millones de dólares anuales, y otra los internos, como el caso ISL. Una corte suiza comprobó que se pagaron más de cien millones de dólares en sobornos a un grupito de dirigentes y ninguna Federación ha reaccionado". Peor aún. El autor de los pagos, Jean Marie Weber, fue un invitado especial del COI en Copenhague.
"¿Por qué este hombre que el año pasado fue condenado por la justicia suiza tiene credencial especial para ingresar a las sesiones del COI en el Bella Centre y se aloja en el hotel oficial junto con todos los demás miembros del Congreso?", preguntó Jennings a Rogge en Copenhague. "Tendremos que mirar esa cuestión", se limitó a responder Rogge. La presencia de Weber ("the Bagman", el valijero, según le dice Jennings) llevó al periodista inglés a preguntarse en su último artículo si acaso Río de Janeiro había pagado coimas para ganar la sede de los Juegos. "No podría afirmar que Río pago coimas, pero sí fue impactante ver, por ejemplo, a Joao Havelange saludándose con Weber", me dice Jennings. "Havelange, a quien la BBC acusó de estar implicado en pagos de coimas y sobornos cuando fue presidente de la FIFA y que es miembro del COI desde hace 46 años, fue la persona más influyente en la votación de Copenhague". Y Weber admitió ante un tribunal suizo que pagó más de cien millones de dólares en coimas a dirigentes deportivos en los años 90. "Cuando los vi saludándose –sonríe Jennings- me pregunté si el viejo club no sigue funcionando del mismo modo que siempre".
"El viejo club" incluye a Blatter, sucesor de Havelange en la presidencia de la FIFA y también él "gran amigo" de Weber. En Copenhague, Blatter sorprendió al señalar al alemán Thomas Bach como futuro sucesor de Rogge en la presidencia del COI. Blatter y Bach llegaron a la FIFA y al COI previo paso como dirigentes de Adidas, que era la santa patrona del deporte mundial. Weber, a su vez, era el hombre fuerte de ISL, la firma de marketing creada por Horst Dassler, el fundador de Adidas. Fue en el juicio por la quiebra de ISL donde Weber confesó que pagó sobornos por más de cien millones de dólares a dirigentes deportivos. Los nombres los guardó bajo siete llaves. Para que nunca se olviden de invitarlo a fiestas como las de Copenhague. Río 2016 forma parte de un debate que comparto estos días en Maracay, Venezuela, con Andersen y Jennings. Río, hay que decirlo, carecía del poderío de sus competidoras. "Pero la candidata europea, Madrid, estaba muy cerca de Londres (sede de 2012), Chicago perdió porque el Comité Olímpico de Estados Unidos (USOC) quiso crear un canal olímpico propio, Tokio resultaba aburrida y el horario de Río interesaba mucho a la (cadena de TV) NBC", me dice Jennings, coautor de "Los señores de los anillos", un libro que anticipó en varios años la corrupción dentro del COI. Tampoco impidieron la decisión del COI de llevar los Juegos por primera vez a América del Sur las crónicas de violencia de Río y la extraña seguidilla de casos de doping de varios atletas de élite brasileños ocurridos a lo largo de 2009.
Barack Obama en persona y multinacionales como Coca Cola, MacDonald’s y General Electric, que aportan desde Estados Unidos el ochenta por ciento del patrocinio olímpico, no le alcanzaron a Chicago. Y el COI tampoco cedió luego ante la extorsión sentimental de Samaranch, el ex patrón olímpico que en su discurso dijo a los miembros (que él mismo había hecho ingresar al COI) que tenía 89 años, que su final estaba cerca y no quería morir sin ver una Madrid olímpica. El único que sugirió que algo olió a podrido en Dinamarca fue Shintaro Ishihara, alcalde de Tokio. Denunció "razones políticas oscuras" y dijo que el presidente brasileño Lula da Silva ganó votos para Río acordando compras de aviones militares franceses y realizándole "promesas encantadoras" a países africanos. Río se quejó, el Comité Olímpico japonés pidió disculpas y todo quedó en la nada, aunque Ishihara jamás se retractó y reiteró que el COI tiene "una lógica invisible".
En Copenhague se escucharon algunos discursos interesantes, como cuando el alemán Bach rompió un tabú al afirmar que el deporte no debía confundir "autonomía con autoaislamiento", porque "nadie es completamente independiente en un mundo globalizado". En rigor, el COI, igual que la FIFA, siempre actuó en conexión con el poder político. Celebró Juegos Olímpicos en la Alemania de Hitler y en la China comunista. Y Mundiales en la Argentina de Videla. Lo que sorprendió fue que por fin lo admitiera. Entre los miembros COI que escuchaban a Bach ese día estaban, por ejemplo, el general marfileño Lassana Palenfo. El diario danés Ekstra Bladet viajó a Abidjan para preguntar sobre Palenfo. "Fue el jefe de un escuadrón tipo Gestapo que hace años, después del golpe del 99, mató a mucha gente inocente", dice uno de los entrevistados. Palenfo llegó a ser ministro de Seguridad y hasta fue apresado acusado de estar detrás del asesinato del líder del golpe. En la cárcel, recibió un mensaje de solidaridad de Samaranch, que por entonces era presidente olímpico. Ahora vive refugiado en París. Acaso porque también se sienten integrantes de la familia, la mayor parte de los medios acreditados en Copenhague no hablaron de la trastienda olímpica. Pero Ekstra Bladet publicó también perfiles de otros miembros COI, como Francis Nyangweso, ex colaborador de Idi Amin en Uganda, y del guineano Alpha Ibrahim Diallo y se preguntó si era correcto que el príncipe Federico se incorporara al COI si estaba esa gente. Sin embargo, uno de los reclamos más polémicos escuchados en Copenhague no fue de un dirigente africano, sino del príncipe holandés Guillermo Alejandro. El marido de Máxima Zorreguieta pidió a Rogge que autorizara otra vez a los miembros del COI a viajar a las ciudades que se postulen como sede de los Juegos. La prohibición fue impuesta en 1999, tras denunciarse compra de votos para que Salt Lake City ganara la sede de los Juegos de Invierno de 2002. Fue el mayor escándalo de corrupción en la historia del movimiento olímpico. El príncipe debería saberlo.