El de los deportistas profesionales no es un trabajo convencional; no produce otro bien o servicio aprovechable que no sea la posibilidad de entretenimiento, de distracción. Lo cual le da un único sentido: toda la estructura del deporte de alta competición se funda en su credibilidad. Su existencia sólo tiene significado en la medida en que ese capital intangible esté robustecido y fuera de discusión o sospechas.
Esta condición innegociable, y no solamente la mayor o menor cantidad de grandes talentos o de espectáculos convocantes, habla del florecimiento o de la depresión del deporte en un momento determinado. Lamentablemente, en este sentido no corren buenos tiempos. Hablar de tendencia requeriría un nivel de rigurosidad especial, pero por la proliferación de casos de irregularidades empieza a expandirse una sensación de desconfianza.
Entre otras cosas, las noticias desalentadoras advierten, como ocurrió con episodios similares en los últimos años, que desviaciones de este tipo no están únicamente ligadas al desorden y a la corrupción conocidos en el tercer mundo. Europa está hoy mismo conmovida por lo que allí muchos consideran el mayor bochorno futbolístico de la historia, la investigación por el presunto arreglo de 200 partidos. El hecho sacude por lo enorme de sus dimensiones, pero no por original ni novedoso: todavía hay sensibilidad por el asunto Robert Hoyzer, el árbitro al que la justicia alemana mandó a prisión en 2005 por manipular resultados. La trama detrás de aquel caso, el beneficio de apostadores ilegales, es la misma que la de hoy.
Si el fútbol siempre fue una fuente de tentación formidable para los manejos turbios, lo relativamente nuevo es el efecto contagioso hacia otros deportes: el tenis viene sufriendo desde hace tiempo con acusaciones de arreglos y la NBA lidia de tanto en tanto con casos de árbitros señalados por participar en apuestas prohibidas. También la Fórmula 1 destapó su olla, hace poco, cuando ya no hubo forma de mantener oculta la trampa que involucó a Renault, Flavio Briatore y Nelsinho Piquet. Para no quedar fuera, el fútbol argentino acaba de contribuir con el flamante aporte de la acusación del árbitro Faraoni y la expulsión de Aníbal Hay de la AFA. Un hecho que, si ocurrió conforme a lo denunciado, tiene como positivo que activó algún mecanismo de defensa, pero descubre entretelones pavorosos.
Para el deporte, la peor derivación está en lo abollada que de todo esto pueda salir su credibilidad. Golpeado de varias formas, lo que menos necesita hoy es que se lo mire como a una pantomima.