El Apertura mantiene el suspenso con la lucha abierta por el título y los últimos cupos para la Copa Libertadores. Mientras las tres fechas finales representan para varios equipos un escenario abierto, lleno de estímulos y de desafíos, para otros no es más que el tramo previo al cierre de ciclos que vivieron lo mejor en el pasado. El recuerdo es mucho más gratificante que el presente. Campañas que, vistas desde la pobre actualidad, invitan a la nostalgia. Las alegrías no son automáticamente renovables en el fútbol. En el viaje en el tiempo, hay paradas inevitables en el error, en la incertidumbre, en la desazón. Nada que no permita reconocer méritos y esfuerzos, todo aquello que fue motivo de orgullo y de motivación.
Uno de los ciclos que están consumiendo sus últimos capítulos es el de Tigre. La dinámica de los acontecimientos lleva a imaginar que Diego Cagna se despedirá apenas termine el torneo. El técnico está teniendo una actitud muy noble, alejada de la histeria y el tremendismo a los que empujan los malos resultados. Decidió acompañar hasta la última fecha a un equipo que está en el fondo de las posiciones. Así como fue responsable y disfrutó de las horas felices, ahora no se desentiende del declive.
Por lejos, será el peor fin de año de los últimos tres que vivieron Tigre y Cagna. Diciembre de 2007 y 2008 los encontró en otra situación, mucho más arriba, a punto de tocar el cielo con las manos. Hace dos años, en el semestre inmediato al ascenso, Tigre fue la gran revelación con el 2° puesto, detrás de Lanús campeón. Sorprendió con la misma estructura que había trajinado la B Nacional. Como ahora, el arquero era Islas; una defensa consolidada de tres zagueros, con Morero, Ferrero y Blengio; un doble pivote fuerte y de buen manejo, con Castaño y Román Martínez; el ida y vuelta por las bandas con Galmarini y Rusculleda; la conducción del paraguayo Ayala detrás de dos delanteros que, siendo de características opuestas, se complementaban muy bien: Ereros y Lázzaro.
Por diferencia de gol no fue campeón en el triangular con Boca y San Lorenzo que definió el Apertura 08. La línea de tres ya le había dado paso a una de cuatro, con los laterales Jerez y Arruabarrena. El medio campo también tuvo modificaciones, con Morel como gran figura, y en la delantera Luna fue el socio de Lazzaro.
Hoy quedan algunos referentes, insuficientes para evitar el desgaste lógico de un equipo que mayormente se nutrió del sacrificio, de la humildad y del compromiso colectivo. Crecieron desde bien abajo. Construyeron el sueño que Tigre nunca se había permitido en más de 100 años de vida. Vendrá otra época, seguramente sin Cagna y con otros jugadores. Tigre deberá empezar de vuelta, porque así lo impone periódicamente la ley del fútbol, luego de dos años que bien valieron la pena.
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