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Lee Trevino, la fórmula de la sonrisa


Su carácter extrovertido y sus bromas acompañaron siempre sus grandes logros. Con su optimismo, hasta se recuperó del impacto de un rayo 

Por Gastón Saiz De la redacción de LA NACIÓN  02 de Diciembre de 2009 - 10:37
Fotos | Carlos Bonardi
 

US Open de 1971. Merion Golf Club de Ardmore, en Pennsylvania. Era lunes y el clima se tornaba irrespirable: iba a comenzar el playoff a 18 hoyos entre Jack Nicklaus y Lee Trevino para resolver el título. La tensión era máxima; los nervios, de punta. El Oso Dorado estaba sentado bajo un árbol, cabizbajo y meditabundo. De repente, Trevino llegó al tee del 1 mascando un chicle y frotando sus manos. Hurgó en un bolsillo externo de su bolsa de palos, tiró con fuerza y sacó de allí una serpiente de goma. La alzó riéndose y el público empezó a aullar. Nicklaus lo miró y quedó un segundo atónito, pero enseguida estalló en una carcajada. Entonces también rió la multitud. Y luego el mundo entero.  

Trevino tenía ese natural instinto para desdramatizar el deporte y transformarlo en un motivo permanente de sonrisas. "Merry Mex" (Alegre Mexicano), lo apodaron con justa razón a este hombre que, según numerosas publicaciones, figura entre los mejores 20 golfistas de toda la historia. Hablan por sí solos sus seis majors (US Open 1968 y 1971, British Open 1971 y 1972 y PGA Championship 1974 y 1984), pero también su encomiable capacidad para llegar a lo más alto desde una base de pobreza desoladora. A los 70 años sigue siendo un ícono para la comunidad mexicana-americana, un ejemplo de superación en una disciplina en la que cuesta mucho hacerse un hueco.  

 

"Fui alcanzado por un rayo y serví durante cuatro años en el cuerpo de Marines. Viajé por todo el mundo y estuve en los lugares más recónditos que te puedas imaginar. No hay nada que me asuste... excepto mi esposa", dijo alguna vez Lee, un gran hablador dentro de la cancha, un humorista, casi un showman. Aunque un solitario fuera de ella. Utilizó mucho de su tiempo en la práctica de distintos golpes, por eso es que se atajaba cuando le recordaban su innata facilidad durante el impacto. "En realidad no existe ese natural toque al momento de hacer el swing. Ese toque es algo que uno crea después de pegar millones de pelotas".  

Nació en Dallas, Texas, y fue criado por su madre, Juanita, y su abuelo, Joe, que era sepulturero. Nunca conoció a su padre, que lo abandonó de pequeño. Vivía a cien yardas del fairway del hoyo 7 del Dallas Athletic Club, en una casa sin electricidad ni agua. El pequeño Lee iba ocasionalmente a la escuela; más bien, ayudaba a llevar dinero para su familia trabajando en los campos de algodón y cebolla que circundaban su hogar. Hay que encontrar su destino de gloria en su tío, que le regaló un viejo palo de golf. En sus ratos libres ensayaba swings y, totalmente autodidacta, le pegaba a la pelotita unas 300 veces por día, perfeccionándose sin quererlo. El club vecino se convirtió en su trabajo desde chico. Allí fue juntapelotas, caddie y hasta lustrabotas por 30 dólares a la semana.  

A los 17 le tocó incorporarse al cuerpo de Marines y allí permaneció durante cuatro años. Evidentemente no era un soldado ejemplar; tuvo algunos problemas disciplinarios. Pero con el tiempo alcanzó un rango que le permitió pasarse los últimos 18 meses de su servicio jugando al golf con los oficiales, todas las tardes. Ya nuevamente como civil, su condición de buscavidas lo llevó a convertirse en ayudante de profesional de El Paso, un club donde fueron famosos sus matches por dinero. El más recordado lo jugó ante Raymond Floyd, por entonces un golfista ya consagrado.  

Su empuje se volvió incontenible. En 1967, a los 28, se sumó al PGA Tour y terminó aquel año en el puesto 45º en la lista de ganancias, con 26.472 dólares en su bolsillo. Era mirado con recelo y se dudaba de sus condiciones, sobre todo por su clara tendencia a jugar con fade, el efecto de izquierda a derecha. Acalló las críticas justo un año después, con la conquista de su primer major en el US Open de Oak Hill. Lo único que hizo en las siguientes temporadas fue forjar su reputación de estrella de la gira. En una frase, Trevino resumió cuál fue la mirada acerca de él antes y después de ese período de mayor gloria, entre 1968 y 1974: "Cuando empecé a jugar en la gira en 1967 hacía chistes y nadie se reía. Tras ganar los títulos, contaba las mismas bromas y todos se reían como locos".  

El resto de los jugadores y los especialistas no le veían techo. Su ambición deportiva y su swing perfectamente coordinado parecían capaces de atrapar cualquier objetivo hacia 1975. Pero el 27 de junio de ese año fue impactado por un rayo mientras jugaba en el Western Open, en Chicago. Se salvó de milagro, aunque perdió sensibilidad y flexibilidad en su columna vertebral. Para un jugador que confiaba mucho en su fuerza física y en sus naturales movimientos, ese desgraciado episodio auguraba el abrupo final de su trayectoria. Sin embargo, dos dolorosas operaciones lo colocaron nuevamente en carrera, más allá de algunas restricciones. Si antes pegaba mil pelotas en un día de práctica, ahora sólo tiraría unas 50.  

La confirmación de su recuperación se dio con la obtención de su último título grande de la gira regular, el PGA Championship de 1984. Lo logró con su estilo: quitándose presión mediante bromas y hablando con sus compañeros en los fairways. Una vez, Tony Jacklin le rogó: "Lee, por favor, hoy no tengo ganas de hablar". Y Trevino le contestó: "No quiero que hables, sólo quiero que me escuches".  

Su número favorito es el 29. Veintinueve son los títulos que consiguió en el PGA Tour, y se adjudicó otros tantos en el Champions Tour, circuito en donde sigue participando hoy a los 70 años. En 1971, fue el primero en adjudicarse tres campeonatos nacionales en una misma temporada: US Open, British Open y Canadian Open. Luego, lo empardaría Tiger Woods en 2000. Por supuesto, el Salón de Fama le hizo un lugar a Merry Mex, o Super Mex, ante todo un sembrador de sonrisas.  

 
 
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