ROSARIO.– Juan Martín del Potro aprendió que, cuando se expone públicamente, un buen semblante siempre es la mejor carta de presentación. Pero hace un tiempo también empezó a darse cuenta del valor de los momentos de privacidad. Porque últimamente, cada aparición pública del campeón del US Open y reciente finalista del Masters lo muestra desbordado de afecto popular, en Buenos Aires, Tandil, o aquí, en Rosario, donde sus movimientos son de una estrella absoluta. Like a Rolling Stone, pero no en el sentido literal del tema de Bob Dylan, sino más bien como los fantásticos británicos.
Anoche, Del Potro, número 5 del mundo, muy cerca del 4° puesto de Andy Murray, dio su última función pública del año en el estadio cubierto de Newell’s, al lado del estadio de fútbol, en pleno Parque Independencia. Allí, en esa caja de resonancia, sobre una superficie azul y celeste como la del Barclays ATP World Tour Masters de Londres, siguió recibiendo honores de los fanáticos, con la excusa del choque de exhibición frente al chileno Fernando González.
La rutina, aún con el sueño un poco cambiado de Europa, le impuso levantarse a media mañana, porque al mediodía, Del Potro y Feña se ofrecieron durante media hora de peloteo ante unas 400 personas, en su gran mayoría chicos de hasta 15 años que tuvieron la posibilidad de disfrutar de los ídolos a los que contadas veces pueden acceder. En especial, querían ver de cerca cuán grandote es realmente el tandilense, dueño casi total de la escena, aunque también hubo numerosas muestras de afecto para el chileno durante su estada en Rosario.
Nano es un pibe regordete del club Talleres que soñaba con ver a Del Potro y cuya carita asombrada y ansiosa no lo dejaba mentir: "No puedo creer que está ahí", dice casi sin aliento, con la boca semiabierta, junto a sus amigos Nacho y Teo, que gritan para que alguna de las pelotitas que el tandilense tira a la tribuna vaya hacia ellos.
Se suman Horacio Zeballos y Eduardo Schwank, el roldanense para el que jugar en Rosario es como ser local. Cebolla, apodo heredado de su padre, se sube a la tribuna para sacarse fotos con los pibes. Schwank hace lo mismo. "Pedile algo que seguro te da", le dice Ezequiel Córdoba a Ramiro Tortá, dos chicos del club Regatas.
Junto con ellos están Tomás Descarrega, cuyo papá fue anoche juez de línea, y Martín Ferreira, al que le dicen "Delpo" por su parecido de cara con el tenista. Todos coinciden en que intentan copiar "el saque y el drive de Juan Martín, que son una masa". También reconocen que todavía les cuesta.
Por allí también andan felices y a los abrazos los chicos de APPLIR (Asociación Padres Por La Igualdad Rosario), una entidad cuyo objetivo es darles herramientas a gente discapacitada para insertarse mejor en la sociedad. Ver esas caras es, sencillamente, conmovedor.
Hasta Franco Davin, el entrenador de Del Potro, recibe el cariño de la gente, como de ese chico que, cuando obtiene su autógrafo dice: "¡Es zurdo como yo!" Tras la ovación y el paso por el vestuario, González se va entre fotos y autógrafos. Cuando se va Del Potro, es en medio de un remolino de brazos y flashes, que a duras penas le permiten meterse en el Mégane que lo llevará al Pullman Hotel y luego a almorzar con su grupo. Los chicos corren el auto, lo vuelven a rodear. Se abre el portón de salida y afuera hay más gente que pugna por verlo. Y, aunque el hotel es un refugio, los autógrafos siguen saliendo como pan caliente. Por eso, tras el almuerzo, desiste de la invitación del Rosario Golf Club para hacer nueve hoyos junto con Fernando González. El chileno se había traído sus palos, pero también soslayó la propuesta.
La ansiedad de la gente por ver al número 5 es comprensible. Del Potro no juega en la Argentina casi nunca. En 2008 jugó tres partidos por la Copa Davis; este año, sólo el de anoche ante Feña, un amistoso. En 2010 será más difícil aún, porque estará ausente en la Copa Telmex una vez más (jugará sobre cemento en Europa o los Estados Unidos) y, salvo que la Argentina llegue a la final, la Davis se jugará de visitante. Claro que, veloz como su juego, Juan Martín dijo: "Si me arman otra exhibición, vengo".
Cuando la noche ya está sobre Rosario, las luces del estadio cubierto de Newell’s, el mismo donde estuvo hace tres años para otra exhibición, iluminan la entrada de Juan Martín al court. Lo recibe una ovación de pie de unos 4500 espectadores, que pagaron entre 150 y 400 pesos por estar allí. Lo sorprenden con un grupo de música que llegó desde Tandil. Lo miman. Más que nunca, es tiempo de Delpomanía.