Por Sebastián Torok
De la redacción de LA NACION
Por esos códigos tantas veces inentendibles, el plantel de Banfield no quería hacerlo en casa ajena, ¿pero cómo resistirse a no dar la vuelta olímpica, aunque fuera sólo en una porción del campo? ¿Cómo resistirse a formar una festiva ronda, cual si fuera un grupo de niños en el colegio, en medio de un templo futbolístico como la Bombonera? Absurdo, imposible, por más "respeto" que se quiera demostrar. Si el título se hizo esperar 113 años, nada menos. Si el barrio de Banfield, desde las calles Las Heras hasta Uriarte, o sea desde Lomas de Zamora a Remedios de Escalada, tenía una espina clavada por el campeonato que hacía poco tiempo había conquistado Lanús, rival odiado si los hay... ¿Cómo impedir que las lágrimas recorran los rostros sufridos, esos que soportaron años de inestabilidad deportiva y campeonatos en la vieja categoría B? ¿Cómo apaciguar los acelerados latidos de los corazones veteranos? Utópico. ¿Por qué habría que hacerlo? Si ese barrio, de los más pintorescos del sur del conurbano, de calles empedradas y frondosos paraísos, vivió más de un siglo esperando gritar campeón.
Por eso, ¿cómo no tener temor de que tanto esfuerzo se escurra en tan pocos minutos? Si en definitiva, el Apertura no es una competencia de quién grita más fuerte desde las tribunas y todo se resuelve ahí abajo, en el terreno, donde Julio César Falcioni, el hombre que siempre se mostró de hierro, imperturbable, se afloja y llora, pensando y dedicándole el título a su padre fallecido. ¿Por qué censurar el silencio que invadió a los hinchas del Taladro durante buena parte del partido? Si enfrente estaba Boca, un león herido, y desde Rosario tardaban en llegar las noticias alentadoras, terminantes. Después de tanta expectativa contenida, el pueblo verde y blanco, ese mismo que agotó las casi 5000 entradas que se vendieron entre polémicas y pobló el estadio Florencio Sola para seguir el desafío por pantalla gigante, deliró. Alucinó desde la tarcera bandeja del estadio xeneize; con banderas, bombos, camisetas de todas las épocas [blanca con la banda verde, naranja, a bastones...].
Ni el hincha más optimista de todos lo imaginó; ni siquiera algún desvelado acodado en el mostrador del viejo café de la estación de trenes. Con el buen plantel que Falcioni había formado, en el Sur soñaban con una buena campaña, pero nadie imaginó que diciembre encontraría a los hinchas formando una interminable y alocada caravana del barrio de la Boca hasta Banfield, con la copa del Apertura en lo más alto.
La misma emoción que inundó la popular visitante, brotó en cada protagonista del plantel del Taladro, en la intimidad del vestuario que bailó al ritmo de la cumbia. Un vestuario que encontró a Sebastián Fernández y a Santiago Silva abrazados y envueltos en la bandera uruguaya, que tuvo a James Rodríguez hablando por teléfono con su familia en Colombia, que contó con el presidente Carlos Portell conmovido y empapado, con Sebastián Méndez feliz y tomando la decisión de retirarse, con Julio Barraza cumpliendo una promesa y rapándose la cabeza... Recordando a todos, a los que están presentes y en su momento aportaron su granito de arena, como Jorge Burruchaga, y a quienes ya no están, pero dejaron su huella, como Garrafa Sánchez, aquel querible creativo zurdo que falleció en 2006 después de un accidente con la moto.
Como ya se volvió una costumbre en los equipos que se consagran, el regreso del plantel campeón fue en un ómnibus descapotable de la empresa Chevallier. Saltos, cantos, lágrimas, aplausos, más lágrimas, muchos más cantos. Una autobomba escoltó a los flamantes héroes hasta el estadio de Peña y Arenales, donde una multitud [la policía calculó 35.000 personas] aguardaba encendida, radiante, eternamente agradecida. Uno a uno, los jugadores ingresaron en el campo para ensayar una vuelta olímpica que por más enmarañada que haya sido [hubo invasión del campo], fue el broche de un sueño que se hizo esperar, casi 114 años. Pero que finalmente llegó y se celebrará siempre. Toda la vida.