MAR DEL PLATA.– Rubén Magnano es así y nadie lo va a cambiar. Nadie pudo. Tampoco le importan las críticas sobre su carácter sanguíneo, explosivo y enérgico, o sobre su militar forma de entrenar. Está absolutamente convencido de que su estilo de dirigir es el mejor. Los títulos lo avalan y él trabaja desde ese pedestal con autoridad implacable. No tiene cintura política para manejarse en el ambiente y parece que tampoco le importa conseguirla. Así terminó distanciado de algunos dirigentes de la Confederación Argentina cuando condujo la selección y difícilmente pueda regresar pronto.
Hace lo que entiende adecuado para ganar (todo), sin concesiones. No tiene compasión y no acepta las ñañas de los jugadores, siempre tan proclives a quejarse cuando el trabajo excede los límites normales. "Para ser el mejor hay que aprender a traspasar el umbral del dolor. Cuando no das más en el entrenamiento, es el momento de superar el sacrificio para vencer al resto", dijo alguna vez Michael Jordan, que jugó hasta los 36 años y fue el mejor de todos. Nuestros jugadores piensan y creen que si se entrenan el doble que el resto acortan su carrera deportiva. No todos, pero muchos. Dicen en Córdoba que Leo Gutiérrez no continuó en Atenas, después del título de la Liga Nacional 2009, porque prefería preservar su físico y eligió el Peñarol de Sergio Hernández, un técnico más contemplativo, que prefiere conseguir una buena relación con su plantel para llegar al éxito. Cada maestrito con su librito. Nunca más cierto.
Magnano es frontal, directo, y quiere que todos apoyen su filosofía, la que impone casi monárquicamente. En Atenas pudo aplicarla mientras todos sentían un voraz apetito por ganar un título grande, pero a la larga chocó y renunció porque el dueño del barco, el presidente Felipe Lábaque, médico de profesión y gran basquetbolista aun a los 63 años, también sabe mucho de todo esto y cosechó varios títulos como dirigente del club, más que Magnano. Pero, por sobre todo, porque posee un estilo personalista y absolutista, parecido al del entrenador. Por eso, Lábaque puso a un médico de su confianza dentro del plantel que, además, es empleado de su clínica modelo en Córdoba. "Yo debería haber elegido al médico", confesó Magnano a un amigo hace pocas horas.
Horacio Pila, elegido por el DT para encabezar el cuerpo médico de la selección entre en el Mundial de Indianápolis 2002 y los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, no era muy proclive a dar el parte de los lesionados, pero lo hacía, porque prefería que se supiera, según decía. Sin embargo, enseguida agregaba: "Aunque después Rubén me mate". Pero Pila era amigo personal de Magnano y tenía una licencia extra en la relación para defender su trabajo. A Magnano no le gusta que nadie suponga que "rompe" jugadores, porque para él simplemente no es así. Por eso se fue de Atenas, pero no le será fácil seguir imponiendo su extremo rigor, a no ser que el título resulte una urgencia en su nuevo empleo. Especialmente para los jugadores.