LA RIOJA.- Las gotas golpeaban la carpa. Mal augurio para una jornada que ya comenzaba complicada por el mal clima en una actividad que si bien no depende exclusivamente de las condiciones climáticas, sumaba una dificultad más dentro de las tantas que conforman el Dakar: el agua.
La cita era a las 5.45 frente al bivouac (campamento) de Córdoba, donde el terreno se transformó en un nutrido helipuerto, con seis aparatos tapados con las mantas a la espera de los movimientos propios de la gran carrera, con destino final La Rioja.
El Dakar desde el aire
Cada helicóptero tiene un destino fijado. Algunos son exclusivamente para el servicio médico, otros transportan autoridades de la competencia y otros, responsables de equipo.
A las 6 (aún de noche, producto de los densos nubarrones que cubrían la capital de la provincia mediterránea) llegaban los aparatos del Ejército Argentino. Uno de ellos era el indicado para seguir la competencia desde el aire.
Claro, la lluvia no presagiaba un buen día. Y las complicaciones se sufrieron desde el arranque. Los helicópteros no llegaron a la hora señalada, con aviso de su tripulación, debido al mal tiempo.
El primer tramo era corto. De Córdoba había que viajar a Tanti, donde se iniciaba el tramo especial. En un puñado de minutos, el helicóptero verde, imponente por su tamaño, descendió sobre una loma, a metros del sitio de largada.
Allí estaban los pilotos de motos y de cuatriciclos, a la espera de la orden de salida. De a uno, cada minuto, salieron rumbo a la segunda aventura del Dakar 2010. Por delante quedaban más de 600 kilómetros, la mitad de ellos cronometrada.
Pasaron todos. Al rato llegaron los autos. Y allí el tiempo empeoró aún más. Se decidió postergar el inicio por unos 40 minutos. Por eso todos los pilotos y sus navegantes se bajaron y se divirtieron con las ingeniosas ocurrencias del público, al que no le importó la lluvia y se mantuvo firme cerca de los competidores.
Si los pilotos no salían, el helicóptero tampoco. Desde la aeronave aguardaban expectantes una mejora, que por suerte se produjo minutos después. "¡A volar!"
El Bell UHYZ enciende los motores. El rugido y el silbido de los impulsores y de las aletas se combinan mientras se alistan los detalles. El riguroso control previo, el repaso de cada valoración y los cinturones de seguridad ajustados antes de despegar. La amable atención de la tripulación permite despejar toda duda. El aparato es confortable y enorme. Entran 11 personas, de las cuales cinco pertenecen a la tripulación estable y el resto son integrantes de la organización, un fotógrafo del diario Marca , de España, y LA NACION .
El sendero de tierra por el que deben transitar los pilotos se achica dentro del panorama que muestran las ventanillas. Las sierras se presentan de manera atrapante y miles y miles de fanáticos conforman la pintura que se agiganta desde arriba.
El helicóptero no es el más maniobrable, debido a sus dimensiones y características, por lo que no es posible efectuar un seguimiento minucioso de la carrera y se toman pantallazos de los participantes. Por allí acelera Carlos Sainz, con un estilo que no permite despegarlo del rally convencional. Su Volkswagen Touareg ingresa de costado en las curvas, distinto del BMW de Stephane Peterhansel, que parece más preciso en el manejo, pero, a la vista de los tiempos, menos eficaz.
El Mitsubishi de Orly Terranova estaba golpeado y retrasado. El vuelco cerca de la salida determinó el andar del mendocino en la segunda etapa, entre Córdoba y La Rioja.
La comunicación del piloto derivó en un aterrizaje imprevisto. El helicóptero descendió cerca de Paso del Soto, una pequeña localidad al noroeste de Córdoba capital, donde la señal de los celulares brilla por su ausencia.
La organización determinó que ese helicóptero debía cumplir una misión a pedido de los responsables médicos.
Allí descendió el pasaje que no pertenecía a la tripulación estable. Ahora había que observar la carrera a la vera del camino. Un retroceso tras acostumbrarse mal desde las alturas.
Cinco horas y media después, llegó el helicóptero verde. Otra vez a bordo y a disfrutar del paisaje y del Dakar desde el aire. Pero no por mucho tiempo más. Las distancias se acortan allí arriba y al ratito descendió nuevamente, esta vez en Serrezuela, donde finalizó la etapa cronometrada.
El reabastecimiento era fundamental para continuar el viaje a La Rioja. Un camión Ford del Ejército, con una cisterna con capacidad para 10.000 litros de combustible, se acerca a la nave para abastecerla. Allí, parte de la organización debía llegar con urgencia a la provincia norteña, por lo que otra vez la espera se sucedió en el ingreso de ese poblado.
Una imagen contrastante, quizá similar a las fotos que llegaban del Dakar cuando transitaba suelo africano y las aldeas rodeaban la parafernalia de la millonaria organización. En ese sitio cordobés, el helipuerto, acompañado por los camiones con antenas satelitales y vehículos flamantes, estaban junto a una humilde casita de adobe, con un horno de barro a cinco metros y los niños descalzos jugando ante un movimiento que quizá nunca más vean en sus vidas. Quién sabe.
Un helicóptero particular llegó por el rescate. También se sumó al reabastecimiento y rumbo a La Rioja. Desde arriba se veía el paso de la caravana en el tramo de enlace. Y las salinas, inmensamente gigantes e intensamente blancas, para asombro de extranjeros y locales.
La Rioja apareció en el horizonte. Y mezclado con la ciudad, el autódromo, que ayer se transformó en el bivouac del Dakar.
Todo parece controlado desde arriba. Una sensación extraña para seguir esta competencia, que no deja de ser más extraña que la misma sensación de volar.