"Hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano, bailan y se dan la mano sin importarles la facha", canta Joan Manuel Serrat en Fiesta. Nelson Mandela y Louis Luyt, presidente de la Unión sudafricana de rugby, celebraban juntos la victoria de los Springboks frente a los All Blacks de Nueva Zelanda. La final del Mundial de 1995 es el momento culminante del film Invictus, de Clint Eastwood, que se estrenará mañana en Buenos Aires. Tres años después, Mandela ordenaba una investigación en contra de Luyt por supuestas irregularidades administrativas y porque el dirigente se resistía a sumar a los Springboks, bastión de la Sudáfrica blanca, a la nueva realidad del país. El partido de Mandela, el Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés), amenazó con prohibir el ingreso de las selecciones extranjeras que llegaran a Sudáfrica para enfrentar a los Springboks. Luyt resistió la presión. Peor aún, obligó a Mandela a declarar en los tribunales, una afrenta para el presidente del país. Le costó el puesto.
Luyt, un magnate arrogante que relanzó el rugby en Sudáfrica, ya había desafiado a Mandela en 1992, cuando el régimen del apartheid negociaba su salida del poder. El ANC levantó un boicot que llevaba años y permitió que los Springboks jugaran un partido amistoso ante Australia. Pero Luyt incumplió el pacto y permitió que, en medio de himno, con banderas y aficionados eufóricos, el estadio se convirtiera en una reafirmación de la Sudáfrica racista. Cuentan que en la fiesta de clausura del Mundial 95, Luyt dijo en voz alta que Sudáfrica era "el primer campeón mundial verdadero", dado que había estado ausente de los dos torneos previos por su política de segregación racial. Un jugador de los All Blacks abandonó furioso el salón. Era uno de los 23 jugadores, sobre los 35 que integraban el plantel, que dos días antes de la final había sufrido vómitos y diarreas. El supuesto envenenamiento a los All Blacks es uno de los grandes misterios del deporte mundial. Ni siquiera investigado luego de que uno de los guardaespaldas de Mandela, Rory Steyn, lo contó en un libro que escribió en 2000 (One Step behind Mandela, the Story of Rory Stein). El hecho, atribuido a un sindicato de apuestas, debilitó a los favoritos neozelandeses, el jugador Jeff Wilson salió vomitando en plena final, y los Springboks celebraron un triunfo que, según el film de Eastwood, fue clave para evitar que Sudáfrica cayera en una guerra civil y pasara pacíficamente el poder a manos de la mayoría negra.
El supuesto envenenamiento no aparece en Invictus, el film basado en el gran libro del periodista John Carlin, El factor humano, elogiado en esta columna un año atrás. Aunque Eastwood diga que no es un film de rugby, Invictus gustará especialmente a los amantes del deporte. Pero, como suele ocurrir, no está a las alturas del libro. ¿Puede un hecho deportivo, con las desmesuras que producen las victorias y las derrotas, tomarse como reflejo de una realidad? "Claro que el deporte refleja una realidad. Su realidad", me responde Carlin, por correo electrónico. Carlin acepta que hoy, quince años después del Mundial 95, el rugby sudafricano sigue siendo "un reducto blanco" y los negros dominan el fútbol. Pero dice que a él personalmente lo "aburre" y le parece "irrelevante" saber si hay más o menos negros en los Springboks y cuántos blancos hay en la selección sudafricana que jugará el Mundial de fútbol. "Lo importante –contesta Carlin– es que hoy los negros y los blancos se tratan en el día tras día en la calle con un respeto y una cordialidad inimaginables hace veinte años. No se odian y no se están matando. Y cuando Sudáfrica ganó de nuevo en 2007 el Mundial de rugby TODOS [lo escribe con mayúscula] salieron a la calle a celebrarlo de nuevo." El film de Eastwood, cuyo punto más saliente es la gran interpretación que hace Morgan Freeman de Mandela, es una historia emotiva y bien contada, con un final feliz casi ideal para Hollywood, pero por momentos excesivamente lineal. Y confirma que, por más bien filmada que esté, la mejor escena deportiva, es la escena real.
Los Springboks, el rostro deportivo más exitoso de Sudáfrica, fueron siempre una herramienta política. Del gobierno racista en tiempos de boicots, de Mandela para reconciliar una nación y de los sucesivos gobiernos democráticos para dar señales de que se terminó el apartheid. Mandela, que estuvo 27 años preso, aprendió rugby a través de los diarios para seducir a sus carceleros blancos. "Sabía que el rugby era el opio del apartheid, la droga que adormecía a la Sudáfrica blanca para que no viera lo que hacían sus políticos. Quizá –cuenta Carlin– era útil tener a mano una droga que anestesiara a esa Sudáfrica blanca ante el dolor de perder sus poderes y sus privilegios." Por eso, Mandela no dudó en ir a la final del Mundial 95 vestido con la camiseta de los Springboks, símbolo del opresor blanco. Y por eso obligó a los Springboks a difundir el rugby en barrios negros y a cantar el himno de la población negra. El poder político siempre ha utilizado al deporte y la mayoría de las veces con fines poco dignos, como Hitler con los Juegos de Berlín 36 o Videla con el Mundial 78. Mandela usó al deporte para un fin noble. Pero el deporte tiene sus límites. "Ganarse el corazón de los blancos no es unir a una nación", escribió David Smith, corresponsal del diario The Guardian en Sudáfrica. Lo dijo tras un partido de junio pasado de los Springboks ante una selección británica. Eran todos blancos en el estadio Lotus Versfeld, de Pretoria. En un país donde nueve de cada diez personas no es blanca. Así se entiende mejor el nombre original que Carlin puso a su libro (Playing with the enemy, Jugando con el enemigo). Eastwood prefirió el nombre de "Invictus", el poema que sirvió a Mandela para resistir en prisión y cuyos versos finales dicen: "Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma". Pertenece al poeta inglés William Ernest Henley (1849-1903) y entusiasmó hace unos días al premier británico Gordon Brown tras ver el film. Timothy McVeigh, el hombre que mató a 168 personas en un atentado en Oklahoma, entregó este mismo poema a los guardias antes de su ejecución, en 2001.
"Falta llevar el rugby a las escuelas de niños negros", admite hoy Chester Williams, el único no blanco, mestizo, de la selección campeona de 1995 y que entrenó al actor Matt Damon para el rol de François Pienaar, capitán Springbok en Invictus. La selección que ganó en 2007 tuvo como figura a Brian Havana, un negro de clase media, que se enamoró del rugby cuando tenía once años y vio el Mundial 95 de la mano de su padre. El DT campeón mundial de 2007, Jack White, renuente a recibir órdenes políticas, dejó su cargo a Peter de Villiers, el primer entrenador negro de los Springboks en más de un siglo. De Villiers tiene colaboradores negros y está incorporando a más jugadores negros en el equipo, un tema delicado, que puede convertirse en un bumerán si los resultados pasan a ser adversos. Los Springboks resistieron a los pedidos de cambio de nombre, pero su nueva camiseta incluye desde hace meses a la protea, la flor nacional de Sudáfrica. Fue un reclamo del nuevo gobierno. Fracasó la posibilidad de mantener en la selección a Luke Watson, un rugbier cuyo padre se negó a integrar los Springboks en los tiempos del apartheid y prefirió jugar en equipos negros, lo que le valió balazos, bombas y amenazas. Watson, blanco como su padre y que finalmente eligió irse a jugar a Inglaterra, denunció tiempo atrás que el rugby seguía bajo dominio blanco y que, a veces, sentía ganas de "vomitar" en la camiseta de los Springboks.
El rugby, es cierto, fue el hecho más visible. Pero más que al deporte, la transición pacífica de Sudáfrica tal vez se deba a la aceptación de la población negra al pedido de Mandela de perdonar a los victimarios, un tema que excede a esta columna. Algunos testimonios de las víctimas que declararon ante la Comisión de Verdad y Reconciliación son tremendas. "Yo quiero perdonar, pero primero quiero saber a quién voy a perdonar", dice una madre que vio morir a sus hijos. Fue una catarsis colectiva. La idea de confesión, perdón y reconciliación, apenas sugerida en el film a través de la figura de Mandela, parece haber conmovido a Eastwood, viejo director de películas que hablan de la venganza como un hecho casi inevitable. Al margen de Invictus, Sudáfrica asiste en estos meses a numerosos films que revisan de modo crítico al apartheid. "Es que no hay período más remoto que nuestro pasado reciente", dice un historiador. Frans Cronje, especialista en temas raciales, expresa que el rugby y los Springboks deben aún muchos pasos en materia de integración, pero que no quiere "ser cínico" respecto de Invictus. "Los progresos en nuestro rugby son graduales, al modo sudafricano, no al estilo de Hollywood."