Cuando hicieron su propio y muy personal balance anual de 2009, los más acérrimos fanáticos de la Fórmula 1 le bajaron el pulgar al ejercicio cumplido por la categoría. Ni los seis ganadores distintos entre los pilotos, ni el protagonismo de nuevas marcas, ni tampoco la definición que se estiró hasta la fecha final alcanzaron para convencerlos. ¿La causa? En líneas generales, los espectáculos en la pista fueron bastante pobres, carentes de emociones fuertes y fundamentalmente, sin sobrepasos. Apenas una sola vez en los 17 Grandes Premios, la punta de la carrera cambió de dueño en la pista y no en los boxes. Ello se dio el 30 de agosto, en Spa-Francorchamps, cuando la Ferrari de Kimi Raikkonen, haciendo plena utilización del controvertido sistema de recuperación cinética KERS, dio cuenta del Force India de Giancarlo Fisichella. Demasiado poco. En el resto de las oportunidades, sólo se modificó el líder cuando quien ostentaba esa posición se detenía a reponer combustible y/o a cambiar neumáticos. Ante tamaña muestra de sopor deportivo, carente de la más básica emoción que debe ofrecer una carrera (los adelantamientos, justamente), la Fórmula 1, ya antes de finalizar su ejercicio pasado, empezó a buscar paliativos para aflojar el enojo de sus seguidores.
Crisis deportiva, crisis financiera, cambios institucionales y terminales automotrices en retirada. Con este panorama, la Federación Internacional del Automóvil debió darle forma (y atractiva, claro?) al Mundial de 2010. No fue sencillo y, de hecho, aún está por verse el resultado. Mientras se ajustaban los detalles en la cúpula para el traspaso político del mando, de Max Mosley a Jean Todt, en la cabeza de la nueva dirigencia urgían soluciones ante la despedida de Honda, que abrió la puerta de los emigrados y por la que luego se filtraron Toyota, BMW y a punto estuvo de hacerlo Renault. Sin tales nombres, el primer paso para apostar a la reconstrucción de la raleada grilla fue la forzada baja de costos para permitir el ingreso de noveles escuderías, carentes de dinero pero certificando un compromiso de mostrarse, cuando menos, medianamente competitivas. Así, cinco equipos se animaron a agregarse y, con capitales propios y de fuertes empresas que apuestan por ellos, ya dieron su palabra de estar a tiempo y en forma el 14 de marzo en la partida de la primera exigencia del año, el GP de Bahrein. Son ellos: Manor GP, que cambió su denominación por la Virgin tras el ingreso como accionista de Richard Brandson, una de las cabezas visibles en el éxito de Brawn GP el año pasado; Campos Meta, el proyecto español que lleva adelante el ex piloto Adrián Campos; USF1, team con sede en Charlotte; Sauber, que regresa con un mix entre el personal que tenía cuando se fue, en 2005, y jóvenes técnicos que llegan con revolucionarias ideas, y Lotus, que más allá de su emblemático nombre ya promete ser "el mejor de los nuevos" sostenido por un fuerte grupo empresario malayo, lo que en principio no parece poco.
En lo mediático, tuvo suerte esta "nueva" F.1. Es que todos vieron con beneplácito el regreso del séptuple campeón Michael Schumacher. El alemán, retirado desde hacía tres años, pero convencido por su amigo Ross Brawn de volver con el flamante proyecto Mercedes (marca que regresa de modo integral tras 55 años), llega como un soplo renovador e inyección promocional a una categoría carente de apellidos de gran relieve. La promesa de esta exitosa pareja de piloto y constructor de pelear por la corona ya en su primera temporada no hace sino aumentar las expectativas frente al poderío de Ferrari, el que esta vez se aguarda mayor, con la incorporación del talentoso asturiano Fernando Alonso, y de McLaren, que contará con los dos últimos campeones de la especialidad en sus butacas: los británicos Jenson Button (2009) y Lewis Hamilton (2008). Todo, sin descuidar a la creciente Red Bull, que ya demostró de lo que puede ser capaz en el ejercicio pasado, por lo que ahora, con el alemán Sebastian Vettel como punta de lanza, irá a buscar el título desde el vamos. Y para quien quiera observar a la sangre joven, aterrizarán los tres grandes protagonistas de la telonera GP2 Series de 09: el monarca Nico Hulkenberg, cuya carrera maneja el mismísimo Willi Weber, manager eterno de Schumy; el ruso Vitaly Petrov y su aporte millonario a Renault; y Lucas di Grassi, reclutado por Virgin y anunciado como una de las posibles revelaciones. ¿Más? Vuelve, tras 16 años, el apellido Senna. Será Bruno, el sobrino de Ayrton, el responsable de cargar con semejante presión, ya que sabe que muchos ojos estarán posados en su máquina, esperando, quizá, que surja la vieja magia de sus manos y pies, tarea titánica y casi quimérica si las hay...
El resto, el espectáculo bien entendido, se aguarda que lo aporten los cambios reglamentarios (ver aparte), que devolverán una vez más las cosas a fojas cero. Tal vez sobre ellos, alguien como Ross Brawn o Adrian Newey, responsables de Mercedes y de Red Bull, respectivamente, puedan sacar ventajas desde el vamos si aprovechan la letra gris del reglamento (como lo hiciera Brawn con los difusores en 09) o si interpretan mejor que el resto lo que ya está claramente determinado. Con las sesiones de pruebas eliminadas entre los GP, todo se reduce a la interpretación de los técnicos y a su firme pulso para poner las ideas en marcha. Todo debe conjugarse para que, en definitiva, el mismo público que le bajó el pulgar a la puesta en escena de 2009 revierta su crítica cuando vaya acercándose el fin de este año.