Los aficionados pagan 2700 dólares el boleto. Las corporaciones 6 millones de dólares por un anuncio. La final del Super Bowl que se jugará este domingo en Miami será otra vez el acontecimiento deportivo más visto por los norteamericanos. Habrá gritos de admiración cuando los mastodontes que miden 2 metros y pesan 120 kilos choquen con sus cascos a pura potencia y velocidad. El silencio dominará a todos cuando uno de los gladiadores quede tendido en el piso. El cerebro del guerrero dará vueltas. Escuchará vibrar una campana. Se le nublará la visión y le costará hacer pie. Son síntomas que, según la nueva reglamentación, el jugador deberá comunicar al médico, que entonces ordenará su salida inmediata del partido. Ningún deportista quiere dejar habitualmente a su equipo. ¿Ocurrirá en el deporte macho, que ha hecho un culto de su brutalidad? Anthony Hargrove, de los Santos de Nueva Orleáns, casi no conoció a su padre, su madre murió de SIDA cuando él tenía nueve años, dormía en la calle y hace un año estaba internado en una clínica para recuperarse de su adicción a la cocaína y el alcohol. El Super Bowl del domingo ante los Potros de Indianápolis es el momento de su vida. ¿Le diría Hargrove al médico que quizás esté sufriendo una de las 180 conmociones cerebrales anuales que se registran en la NFL?
Eso es lo que pretende la National Football League (NFL). La patronal del fútbol americano fue citada por el Congreso de Estados Unidos en octubre pasado. Los congresistas acumularon nuevos datos que vinculan las lesiones cerebrales del fútbol con la demencia y el Alzheimer. La NFL respondió que no había evidencias concretas. "Me hacen recordar a las empresas tabacaleras, que durante años negaron que el fumar provocara enfermedades", los descalificó la diputaba demócrata Linda Sánchez. Unos días antes había escuchado el testimonio de Kyle Turley, retirado en 2007. Turley confesó que jamás dijo a su club, los Rams de San Luis, que había sufrido una conmoción cerebral en pleno partido de 2003, cuando la rodilla de un rival golpeó su nuca. Cuatro días después fue a practicar otra vez. Quiso exhibir rudeza. Golpeó una y otra vez su cabeza con las de sus compañeros. En 2008, ya retirado, comenzó a sentir jaqueca, náusea y vértigo. En agosto pasado, en un bar en Nashville, sufrió temblores, perdió el control de su cuerpo y no podía hablar. Hoy teme seguir el camino de Mike Webster, el ídolo histórico de los Acereros de Pittsburgh, Salón de la Fama de la NFL, muerto de un infarto en 2002, a los 50 años.
"Iron Mike" (Mike de Hierro) Webster amaba su apodo. Una vez llegó a un partido con muletas, por un cartílago de rodilla desgarrado. Jugó esa tarde y se operó después. Jugando en temperaturas bajo cero se sacaba las mangas de la camiseta sólo para impresionar a los rivales. Un informe médico, publicado por la revista GQ, estableció que el cerebro de Webster acumuló cerca de 25.000 golpes en toda su carrera. Jamás se le diagnosticó una conmoción cerebral. Antes, el jugador debía quedar inconsciente para salir del partido.
Webster cambió bruscamente su conducta un año después del retiro, en 1990. Dejó de pagar las cuentas. Se ausentó de la casa. Dormía en estaciones de trenes. Se golpeaba con una pistola para calmar los nervios. El abogado Robert Fitzsimmons buscó su historia clínica y los médicos le confirmaron que Webster sufría daños cerebrales. Reclamó una pensión por incapacidad y la NFL le concedió la paga más baja: 3000 dólares mensuales. Protestó ante la justicia. Sólo allí logró que la NFL subiera la pensión a 115.000 dólares anuales. Webster tomó a Fitzsimmons como una madre. Dormía en posición fetal esperándolo en playas de estacionamiento. O con su hijo Garrett en el piso de un apartamento, rodeado de cajas de pizza. Su cerebro, escribió una vez, era "un caos, una retorcida maraña de cosas confusas que me envuelven todo el tiempo". Un día despertó pálido y con los labios amoratados. Murió horas después.
El neuropatólogo Bennet Omalu, apoyado por la Universidad de Pittsburgh, examinó el cerebro de Webster. Descubrió que el jugador sufrió CTE (encefalopatía traumática crónica). Igual que Andre Waters y Terry Long, ambos suicidas, que Tom McHale, que murió de sobredosis de drogas en mayo pasado y que otros doce jugadores de la NFL. Omalu también declaró en octubre ante el Congreso. Lo mismo que su colega Ann McKee y que Chris Nowinski, un ex jugador que sufrió seis conmociones, escribió un libro denuncia (Head Games, Football’s Concussion Crisis) y ayudó a la investigación, convenciendo a familiares de futbolistas muertos a que autorizaran a que los médicos revisaran los cerebros de los ex jugadores, casi todos fallecidos con síntomas de demencia. El Congreso escuchó también a jugadores retirados que hoy sufren los viejos golpes y a esposas de jugadores enfermos, como Eleanor Perfetto y Sylvia Mackay.
La NFL pidió un estudio a la Universidad de Michigan. Los resultados fueron alarmantes. Los casos de demencia o Alzheimer superan en el fútbol americano hasta 19 veces la media de la población normal. El informe publicado en octubre pasado por la revista The New Yorker indica que las lesiones forman parte de la esencia del juego. Un jugador con diez temporadas en la NFL habrá golpeado su cabeza unas ochenta mil veces. Y sugiere que, más allá de los 56 casos de demencia registrados, actualmente puede haber unos trescientos ex futbolistas con problemas de CTE, una enfermedad progresiva, que va matando las células del cerebro. Otro estudio de la Universidad de Carolina del Norte determinó que, sobre más de 2500 jugadores evaluados, el veinte por ciento sufre depresión. Es un cuadro que empeora en el caso de los famosos quarterbacks, los mariscales de campo, las vedettes mejor pagas del show, pero también los más expuestos a los golpes, que se agravan cuando llegan de sorpresa y no permiten acomodar el cuerpo para amortiguar el impacto.
El presidente Theodore Roosevelt evaluó prohibir el fútbol americano a comienzos del siglo pasado. 18 jugadores murieron en 1905 y 33 del fútbol universitario fallecieron en 1910. Otro gran debate se produjo a comienzos de los ’90, cuando se denunció que 150 jugadores habían quedado parapléjicos en quince años. Luego fue la ingesta masiva de anabólicos y los controles casi inexistentes de la NFL. Ahora es el turno de las lesiones cerebrales. The New York Times entrevistó a viejas glorias que hoy comienzan a evidenciar problemas. Y describió el ambiente del fútbol universitario, con 1,2 millones de jugadores, entrenadores cuyos salarios duplican el dinero que ganan los mejores profesores y más de cincuenta estudiantes muertos desde 1997. La Universidad de La Salle fue condenada hace unos meses a pagarle 7,5 millones de dólares a un estudiante lesionado por jugar al fútbol después de haber sufrido una conmoción cerebral. El football americano, deporte favorito de presidentes republicanos como Richard Nixon, Ronald Reagan y George Bush (padre e hijo), es un juego de alta complejidad táctica. Pero su esencia es la violencia. Casi todas sus lesiones se producen sin violar los reglamentos.
"El béisbol es lo que Estados Unidos querría ser, pero el fútbol es lo que Estados Unidos es". La frase la repitió Oliver Stone cuando en el año 1999 filmó Any given Sunday (Un domingo cualquiera, en español). En el fútbol argentino más de un técnico se deleitó con la arenga del entrenador personificado por Al Pacino antes de un partido decisivo. Pero el filme es una denuncia sobre la brutalidad de ese deporte. "Tengo lagunas de memoria y tiemblo. A veces no puedo sujetar la cuchara", confiesa Dennis Quaid, Cap Rooney en la ficción, quarterback de los Tiburones de Miami. Aun así, acepta jugar a pedido de Pacino (Tony D’Amato) y la vista gorda del médico (James Woods). Los Cap Rooney deberán ahora decir si se sienten o no en condiciones de seguir jugando tras un golpe. Tal vez les pase lo que a John Matuszak, el ex jugador que murió en 1989 a los 38 años de una sobredosis, cuando hizo de jugador de fútbol en el filme North Dallas Forty. En un momento del filme, Matuszak, que confesó abuso de esteroides en sus tiempos de jugador, se para y les grita al entrenador y a los patrones del equipo: "Cada vez que digo que es un juego me dicen que es un negocio. Cada vez que digo que es un negocio, me dicen que es un juego".