El debate interno que se está generando acerca del traumático Plan de Alto Rendimiento (Pladar) necesita, ya a estas alturas, entrar en un escenario de definiciones. Desde Buenos Aires, principalmente, los clubes deben fijar alguna fecha específica para plantar una bandera al menos para 2010. O sea, si se ratifica lo votado en mayo, que significa que los que pertenecen al Pladar ya no pueden jugar en sus clubes, o si se extiende la prórroga de 2009 u otra alternativa en esa vía.
En estos últimos dos meses, quien esto escribe ha tenido el beneficio de escuchar, leer e informarse a través de múltiples actores -sobre todo, dirigentes y jugadores-, que esgrimen y argumentan, en la enorme mayoría de los casos con buena fe y vasta experiencia en el rugby, las dos posiciones que hoy están al calor del conflicto. Ambas tienen su importante cuota de razón, pero en casi ninguna se vislumbra una medida que pueda llegar a zanjar el brete actual.
Ocurre que se trata de una discusión que involucra todos los matices: filosóficos, deportivos, políticos, económicos, geográficos y, sobre todo, de cómo se interpreta la realidad. Por eso, quizás el término "transición" ya le quede chico a este proceso que vive el rugby argentino. Se asemeja más a una revolución. Y, se sabe, en esas situaciones siempre hay algo que perder. El asunto es tratar de medir hasta dónde y a quiénes les llegará el daño, con la esperanza de que sea del menor grado posible.
En ese sentido, sigue siendo necesario -como se viene reclamando desde este espacio en La Nacion- que nadie se adjudique el falso mote de "dueño del rugby argentino" y que, también, se abandone esa puja estéril para ver quién es el bueno y quién es el malo de la película, identificado nuevamente en estos días en descalificaciones como "profetas" (a los que juegan en el rugby profesional) y "retrógrados" (a los que defienden a capa y espada el amateurismo).
Quizás haya tiempo aún para que la UAR -que sigue adelante con su proyecto, a tal punto que ya citó, además de los Seniors, a los menores de 20 y 19 años- y los diseñadores del Plan Maestro que se le presentó a la Internacional Rugby Board (IRB) bajen de nuevo a los clubes para explicar los reales alcances del Pladar. A intentar alejar los fantasmas y las dudas fundadas que hoy existen y, de paso, que se aceiten los mecanismos de comunicación e información, que, pruebas a la vista, han fallado.
Porque lo cierto es que pocos saben ciertamente en qué consiste ese camino para insertarse en 2012 en el profesionalismo concreto del IV Naciones. Como tampoco de qué se trata, entre otras cosas, el contrato que la UAR firmó con la Asociación de Jugadores, y que, hay que decirlo, también está provocando algunos cortocircuitos. O sea, a poner todo en blanco sobre negro. Y, de paso, trazar bien qué es amateurismo y qué es profesionalismo.
Por eso, la discusión aquí es mucho más de fondo, donde, como en todas las familias, se entrecruzan intereses personales y viejas disputas de poder. Casi que ya no pasa únicamente por Pladar sí o Pladar no. Se trata de ver con quiénes, cómo y de qué modo se negocia y se transita por lo que viene, que, inevitablemente, concluirá en una divisoria de aguas.
La historia es sabia, y cuenta que el rugby argentino ha atravesado muchas situaciones parecidas, más allá de que éste es un partido bien bravo. También dice que pese a ello siguió andando; con buen paso, si se mira alrededor. Basta con ir a un club los fines de semana u observar el orgullo que producen los Pumas. Quizá revisando los aciertos y errores del pasado se pueda construir el futuro.