Hace rato que los hinchas dejaron de ilusionarse con los refuerzos. La generalidad de los clubes indica que es de ingenuos esperar la contratación de alguna figura, de ese jugador distinto, que despierta expectativas que están por encima del promedio. No hay caja para embarcarse en esos pases. Esa clase de futbolista ya no es de consumo interno, emigra, tiene asumido que si su carrera no continúa en alguna liga importante del extranjero la consecuencia inevitable será un estancamiento deportivo y económico. Los clubes argentinos sólo traen jugadores para completar planteles, cubrir puestos, sin certezas ni garantías de que alcancen para potenciar el nivel del equipo.
Disputado casi un tercio del Clausura, la mayoría de los refuerzos no mejoró ostensiblemente la realidad de cada equipo. Uno de los motivos es el enunciado: ninguna de las individualidades que cambió de camiseta va a transformar a un sapo en un príncipe. Otra causa que conspira contra una mayor contribución de los refuerzos son las urgencias y el cortoplacismo de los calendarios. No hay tiempo de adaptación ni integración.
En este semestre, las pretemporadas estuvieron muy encimadas a la alta competencia. Todo se da de manera muy rápida y acelerada, las exigencias aumentan y los plazos se acortan. Y muchos de los que llegaron no sólo necesitan conocer a compañeros distintos y acomodarse a planteos nuevos, sino que varios requieren una puesta a punto por la falta de continuidad que arrastraban (Ayala, Prediger, Luiz Alberto, Gracián, Figueroa, Coudet, Rusculleda, Gonzalo Choy). Al fútbol argentino se le pueden señalar muchos defectos y carencias, pero su competitividad expone crudamente a los que están sin ritmo o fuera de forma.
En el rubro contrataciones, Racing, en nombres (Hauche, Bieler, Licht y Ayala) y en inversión económica (más de cinco millones de dólares), estuvo por encima del resto. Muchos creyeron ver que se estaba armando un equipo para pelear por el título, pero hasta ahora no alcanzó ni para evitar el despido de Vivas ni para que deje de contar las décimas del promedio del descenso.
Boca todavía no disfrutó del Méndez que llevaba la batuta en Central. La ansiedad por querer demostrar demasiadas cosas lo lleva a la dispersión. El domingo, dos delanteros empezaron a saldar la deuda que acumulaban con el gol: Canales y Alfaro, que festejaron con el alivio del que se saca una pesada mochila de encima.
Estudiantes es el único que puede jactarse de haber dado un comprobable salto de calidad con José Sosa. Al orden y a la planificación de Vélez les cayó el premio de un Silva recargado. El resto sobrevive mayormente con lo que tenía porque la incidencia de los refuerzos no modificó sustancialmente el paisaje conocido.