¿Está loco? Es una desprolijidad total, ¿cómo se le ocurre algo así? Fue lo primero que me vino a la mente cuando el miércoles al mediodía se hizo pública la noticia de que Nalbandian viajaría al día siguiente a Suecia. En la cancha, entre el sábado y el domingo, el unquillense se encargó de desmontar cada uno de esos prejuicios.
Algo de locura hubo en su corazonada de colgarse el raquetero, subirse a un avión y llegar sólo 48 horas antes de disputar el dobles. Porque lo hecho por Nalbandian entra en el registro de la épica deportiva, y no hay épica sin un punto de locura. Si algo tiene de fascinante el deporte es que no siempre se lo puede explicar y entender desde un racionalismo puro, desde una lógica cartesiana. Desafía las convenciones establecidas. Hay situaciones y momentos, como los vividos el fin de semana por el equipo argentino de Copa Davis, en los que las emociones fuertes y los sentimientos profundos son los que llevan la delantera. Son incontenibles.
Sin épica, el deporte se vacía de contenido. Manu Ginóbili es otro que rompe los moldes. Llenaba los ojos cuando en 2003 se lo veía por televisión en la conquista del primero de sus tres anillos de la NBA con San Antonio Spurs. Al año siguiente, en los Juegos Olímpicos de Atenas, el magnetismo que causaba verlo en vivo en el estadio OACA era irresistible. Cuando Manu tomaba la pelota y su arrojo le indicaba que había que encarar y entrar en bandeja entre los mastodontes griegos y norteamericanos, el sentido común hacía saltar las alarmas: ¿adónde va?, ¿por dónde quiere pasar?, ¿no se da cuenta de que la materia es impenetrable? Pero Ginóbili tenía la fe de un cruzado para contorsionarse y sacar el tiro imposible. El bahiense transmitía una épica que un instante enterraba prejuicios y generaba adhesiones: sí Manu, no aflojes, vos podés, no te van a poder parar, era la plegaria que pasaba a acompañar sus incursiones.
La épica trasciende a las destrezas técnicas y el talento natural. Conlleva una lucha contra los elementos, la superación de complejas adversidades. Como lo hizo Maradona en el Mundial 90, con un tobillo a la miseria, o como cuando Palermo convirtió el gol N° 100 con los ligamentos destrozados.
El cuerpo de Nalbandian empieza a ser un mapa de lesiones. Un día la cadera le dice basta, al siguiente un aductor lo traiciona, al otro los isquiotibiales se le ponen como piedra. Son obstáculos que condicionan gravemente su carrera. Pero Nalbandian es algo más que un tenista, excede esa nominación genérica. Su trayectoria ya merece una denominación compuesta: tenista y jugador de Copa Davis, con licencia para que inconsciencias como la que lo llevó a Suecia le terminen dando la razón frente a los descreídos.