El del domingo próximo será otro superclásico sin futuro, algo que no es nuevo. El que debería ser el partido más importante del calendario argentino vuelve a ocupar un lugar de relleno, con una incidencia recortada a los avatares que soporta cada uno. Las consecuencias se limitan a la existencia de River y Boca; no alteran el curso del Clausura.
La situación se repite. El superclásico se transformó en un síntoma del estancamiento de ambos. Ocurrió en 2009 y hay evidencias para suponer que pasará lo mismo dentro de cinco días en la Bombonera. El año pasado hubo resultados y goleadores calcados: 1 a 1 en la Boca y el Monumental, con tantos de Palermo y Gallardo. En el caso del volante de River, las coincidencias abarcaron hasta la manera de superar a Abbondanzieri: de tiro libre.
En 2009, los dos superclásicos, también disputados como el próximo, por la 10a fecha, no proyectaron nada significativo sobre la lucha por el título. En el Apertura, el empate dejaba a Boca (por entonces dirigido por Basile) a seis puntos del líder, Colón. Una cercanía ficticia, ya que en el medio había un pelotón de nueve equipos. La realidad estuvo al final del certamen: Boca finalizó 11°. River, ya con Astrada como sustituto del renunciante Gorosito, sólo tenía dos puntos más que el último.
En el primer semestre, por el Clausura, el 1 a 1 lo dejaba a Boca con sólo cuatro unidades más que el último. River quedaba a seis del líder y futuro (campeón), pero lejos estuvo de tomar impulso, ya que finalizó octavo.
El último superclásico que tuvo un efecto bisagra para uno de los equipos y el devenir del campeonato fue el Apertura 2008, cuando Boca se impuso 1 a 0 en el Monumental, con gol de Viatri. El plantel que dirigía Ischia venía de una semana convulsionada, con un cortocircuito público entre Riquelme y Cáceres. El aspecto deportivo no era mucho más auspicioso (quedaba a 8 puntos del líder San Lorenzo), pero Boca se despertó y ganó siete de los nueve partidos restantes para llegar al triangular por el título que le ganó a San Lorenzo y Tigre.
El choque del domingo los encuentra desacomodados a los dos, incapaces de cerrar el pasado y alumbrar el futuro. Cuando la transición es tan larga, se hace nociva porque los objetivos quedan lejos. Las viejas glorias (Palermo, Gallardo, Riquelme, Ibarra, Ortega) miran con desconfianza todo lo que los rodea, inseguros de lo que pasará con sus carreras en la próxima media hora. El contexto no es el más favorable para que crezcan y empiecen a consolidarse los más jóvenes (Gaitán, Erbes, Chávez, Muñoz, Sauro, Funes Mori, Villalva, Mauro Díaz, Bou). Para River y Boca, el superclásico del domingo no forma parte de ningún otro proyecto que vaya más allá de la coyuntura de los 90 minutos.