El cansancio por las horas robadas al sueño se nota en su voz. El entusiasmo, sin embargo, se adueña de sus palabras y lo invade como cada vez que cuenta su historia.
Sus alumnos siguen sumando medallas en cada torneo, pero ese no es el principal motivo de su satisfacción. Desde hace 13 años, Javier Cisneros vive el taekwondo de una manera distinta: convirtió a sus clases en un espacio para que jóvenes que viven en situaciones marginales encuentren una salida en el deporte.
"Me inicié en el año 1989 con el estilo Nam Sung Choi y llegué a meterme en la elite internacional; sin embargo, me dediqué a ser profesor y en 1996 empecé a enseñar en los barrios periféricos de Salta para ver si podía sacar a los chicos de las cosas feas que hay ahí." Javier resume en esas palabras su curriculum como deportista y su inclinación hacia la docencia. Las "cosas feas" de las que habla son las que ve día a día en el entorno de sus alumnos: drogas, violencia y marginación.
"Veía que pibes muy chicos fumaban paco o que los mandaban a venderlo, y yo pensaba que podían tener otra vida, más sana", recuerda Javier. El deporte iba a ser su herramienta en ese plan. La motivación que les da a sus alumnos no solo para que se entrenen sino también para que compitan es uno de los pilares de su trabajo, en el que él mismo destaca que lo fundamental es la disciplina que inculca el taekwondo: "Lo importante para que se sientan mejor es que el deporte les permita ver una salida, porque son chicos que, en su mayoría, también tienen problemas de contención familiar".
Hoy en día, Javier reparte su tiempo entre las tres escuelas en las que les enseña a sus jóvenes alumnos. Una de ellas funciona en la Secretaría de Deportes de Salta; otra, en el barrio Hernando de Lerma de esa ciudad; y la tercera, en el barrio Juan Manuel de Rosas, donde se centra su trabajo social con chicos de bajos recursos. "El Juan Manuel de Rosas es un barrio jodido, donde corre mucho la droga. Para que te des una idea, es parecido a la Villa 31, de Capital Federal", explica.
Lejos de tener un presupuesto que le permita trabajar con tranquilidad, Javier vive y sostiene su escuela gracias a las "changas" que consigue. "Trabajo de forma particular, cuando sale alguna cosa; a veces trabajo como seguridad los fines de semana por la noche. Lamentablemente, no tenemos ayuda del gobierno ni de nadie para salir adelante", se lamenta.
En las escuelas, la situación de sus alumnos no es muy diferente. "En los barrios paga el que puede, no se obliga a nadie. Cada tanto hacemos rifas para que los chicos puedan salir adelante, porque hubo muchos que quisieron seguir con el taekwondo pero los alejó el factor económico", comenta Javier, que por sus clases recibe entre 600 y 800 pesos por mes.
Como ejemplo de lo que le cuesta hacer participar a sus alumnos en las competencias, relata cómo se organizó el viaje del año pasado a La Serena, Chile, donde el equipo de Salta participó con éxito del 5° International Championship, junto a otros equipos argentinos, peruanos, chilenos y brasileños. "Habíamos estado trabajando para poder comprar el piso de goma, porque los chicos se entrenan sobre el suelo. Ya teníamos juntados 1300 pesos, que habíamos recaudado vendiendo empanadas y haciendo rifas. Pero como la Secretaría de Deportes no nos dio el transporte para poder viajar a Chile, decidimos con los padres y los chicos usar el dinero para ir al torneo. No alcanzó, así que algunos de los padres tuvieron que pedir plata prestada para que sus hijos pudieran viajar".
En esa ocasión, la difícil apuesta dio sus frutos: el grupo consiguió 13 medallas (8 de oro), que sirvieron como estímulo para las siguientes competencias. En lo que va de este año ya participaron de diferentes certámenes en varias provincias de nuestro país.
Los chicos sonriendo luego de la clase
Para Javier, cada éxito de sus alumnos se disfruta por partida doble. "Tengo a chicos que probaron drogas y los agarré a tiempo porque no llegaron a ser adictos. Por suerte, pudieron cambiar. También tengo de casos de chicos que se quisieron suicidar y que hoy son de los mejores medalleros que tengo en la escuela", cuenta con emoción.
"Cuando empecé con esto, la situación de los pibes no era tan grave pero era parecida -cuenta-. Hoy hay muchos de aquellos alumnos que ya se recibieron y son profesionales. Y cuando los veo me siento orgulloso. Los miro y pienso que algún bien a la sociedad debo haber hecho. Que me crucen y me saluden con una sonrisa es como tocar el cielo con las manos", reconoce.
Con la humildad que lo caracteriza, dice que él sólo es un profesor que quiere hacer algo "por los pibes de Salta" y que la situación que vive día a día lo atemoriza pensando en su hijo. No se cansa de enumerar, uno por uno, a sus alumnos más destacados y de insistir en la falta de apoyo oficial con la que deben convivir. Mientras tanto, continúa pensando en lo que vendrá. En las competencias, seguramente, y en el noble objetivo con el que plantea sus clases: pensar al deporte como un camino para mejorar la vida de los jóvenes. Un ideal que lo viene guiando desde hace 13 años. Y al que no piensa abandonar.