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Un siglo de Najdorf


Una de las mayores figuras del ajedrez argentino, leyenda de los tableros, hubiera cumplido hoy 100 años 

14 de Abril de 2010 - 22:54
FotosUna imagen tradicional de don Miguel junto a los jóvenes y el ajedrez

Por Carlos A. Ilardo
Para LA NACION
 

Hace exactamente un siglo, el 15 de abril de 1910, en un punto geográfico de Varsovia nació Moishe Mendel Najdorf, un niño polaco de religión judía al que los avatares de la vida convirtieron en Miguel Najdorf. Sin duda, una de las mayores figuras del ajedrez vernáculo y de las más entrañable leyendas del juego ciencia.  

Por ello, una serie de actos programados para hoy -declarado como el Día del Ajedrez Argentino-, en distintas ciudades del país se conmemorará el 100° aniversario de su natalicio. Un tributo a la memoria de alguien cuya vida azarosa merece ser recordada; acaso, como la mejor jugada de una batalla contra el olvido.  

Esta es la historia de un hombre que desafió al tiempo y eludió el infierno; el que nació dos veces y al que la muerte jamás sepultó eternamente.  

"Nací dos veces sin haber pasado por el requisito de la muerte; la primera, al igual que todo el mundo, y la segunda, a los 29 años, cuando llegué a la Argentina", repetía don Miguel, con su particular voz estridente y aguardentosa, cuando su egocentrismo se les disparaba en actos y reuniones de premiación o reconocimientos.  

Tenía 29 años, US$ 300 y un pasaporte en sus bolsillos cuando llegó a la Argentina en 1939 como capitán del equipo polaco de ajedrez para participar en el Torneo de las Naciones (hoy llamado, Olimpíadas de ajedrez) horas antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Sin imaginárselo, el cruel llanto del adiós le nubló las últimas imágenes de sus seres más queridos: de su esposa (Genia), su hija (Lusia, de 3 años), sus hermanos (Jozek, Salek, Merik e Iacha), sus padres (Gdalik y Raissa), y de otras casi 300 personas más entre familiares y amigos que pocas semanas después padecieron los horrores y espantos del gueto de Varsovia hasta el traslado final a un campo de concentración.  

El mismo general nazi Hans Frank, gobernador de Polonia y que tres años atrás lo había condecorado con la medalla de oro por su desempeño en el 1er tablero polaco en la olimpíada de ajedrez (Münich 1936), fue el responsable del exterminio de toda su familia; le arrancó sus mayores afectos.  

Por eso, cuando el corazón se hizo cicatriz, se replanteó la siguiente jugada. "El ajedrez me enseñó a ganar y a perder, pero mi mejor jugada fue quedarme en Buenos Aires", fue la frase que utilizó para señalar como se escapó de los infiernos de Auschwitz y Treblinka. Y enseguida la enlazaba con otra historia. "Un día un amigo me dijo: acá con lo que trabajas ganas para el puchero. En Polonia decíamos el pan. Así que pensé, puchero es más grande que pan, entonces me quedo a vivir en la Argentina", y con una nueva sonrisa socarrona festejaba la ocurrencia.  

Con el ajedrez como vínculo publicitario intentó comunicarse con algún familiar sobreviviente. En Brasil, en 1947, estableció el récord mundial de partidas simultáneas a ciegas (de espalada a las piezas) ante 45 rivales; venció a 39, empató con 4 y perdió, 2. La hazaña se hizo eco en la prensa de todo el mundo, pero jamás recibió una señal de vida de alguno de sus seres queridos.  

Ya con la ciudadanía argentina se dedicó al comercio: compraba mercadería en el Once y la vendía más cara en el barrio de Liniers. Se dedicó a la enseñanza del ajedrez por distintas ciudades del país y aprendió a gambetear a la pobreza. La ráfaga de felicidad fue brisa amable cuando se convirtió en un empresario exitoso con la venta de seguros de vida tras un paso fugaz por Venezuela; amasó una fortuna, tuvo fe en nuevos sueños y una esperanza de amor. Se casó con Adela y tuvo dos hijas, Mirta y Liliana, que más tarde extendieron la prosapia con la llegada de cinco nietos: Facundo, Ezequiel, Alan, Yanina y Gastón.  

Sus éxitos en el ajedrez fueron una constante: se convirtió en el jugador que más veces ganó el campeonato argentino (8 oportunidades) y representó al país en 11 olimpíadas, en tres de ellas obtuvo el subcampeonato mundial. Su figura traspasó las fronteras del tablero y fue invitado por varias personalidades de la política; jugó partidas con Krushev, Churchill, Fidel Castro, el Mariscal Tito y el "Che" Guevara. También fue rival de 11 de los 19 campeones mundiales que suma toda la historia del ajedrez.  

Cuando enviudó formó pareja con Rita, su última compañera de ruta que lo acompañó hasta 1996. Otra vez en soledad disfrutó de su rol de abuelo hasta el último minuto de su existencia, el 4 de julio de 1997.  

"Primero la idea, después la jugada", otro axioma de su autoría; acaso, la piedra basal de un particular factor humano llamado don Miguel Najdorf. La figura que jamás muere.  

 
 
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