La más vergonzante exportación argentina, los barrabravas, dejó su sombría impronta en la Copa del Mundo de Sudáfrica. Los violentos fueron noticia durante todo el certamen. Primero porque viajaron, el bautismal eslabón de la sinrazón. Después, por una indecorosa cadena de despropósitos como la compra y venta de entradas, el tráfico de influencias gubernamentales, la connivencia con dirigentes futbolísticos e integrantes de aquel cuerpo técnico, la presencia de gremialistas junto con ellos, la jamás esclarecida relación con Carlos Bilardo, las detenciones y deportaciones de las autoridades sudafricanas y hasta su participación en una muerte ocurrida en Ciudad del Cabo. Esa impunidad para moverse, para mostrarse, se volvió vomitiva. El mundo asistía azorado, la prensa internacional no alcanzaba a entenderlo. A la Argentina se la recordará por siempre por esas tumultuosas jornadas de junio/julio de 2010.
Cuando aún sobran preguntas sin respuestas por todo lo ocurrido, cuando el eslogan "todo pasa" se instaló como el mejor remedio para desanimar cualquier investigación, la imagen de anoche de los barrabravas atravesando la puerta de la AFA representó otra afrenta. Un atropello más, un nuevo insulto de la casa de Viamonte frente a la decena de víctimas de la violencia en las canchas del país. ¿Qué pueden haber sentido los familiares de tantos damnificados al enterarse de que Julio Grondona recibió en la biblioteca del cuarto piso a una avanzada de barras? Indignación, impotencia, tristeza. Quizás asco, también. No hay explicación que justifique nada. No se aceptan razones. Cualquiera sea el petitorio, es inadmisible que un lote de violentos se disfracen de emisarios, con Bebote Alvarez al frente, precisamente uno de los expulsados de Sudáfrica?. Es inconcebible darles entidad. Es legitimar que la lucha se ha perdido. Pero lejos de ser erradicados, consiguen audiencia en la AFA...
Se sabe que históricamente a las barras bravas y sus conductas delictivas les sobran cómplices. Dirigentes que las subvencionan, autoridades policiales que se hacen las distraídas y órganos de justicia y seguridad que desde su inacción mantienen sucesos impunes. El ambiente del fútbol -con alternativos socios políticos- inventó por necesidad a los barrabravas, y por conveniencia también los alimenta. Por eso, desde hace tiempo, del reparto de culpas ninguno puede desprenderse.
Contactarse con delincuentes siempre despertará el más enérgico y repudiable rechazo. Nadie debe desconocer que detrás de los barrabravas no se esconde ninguna acción loable. Bajo la máscara de la pasión seguramente acechará algún crepitante negocio, como mal menor, y hasta un crimen como daño imperdonable. Hay límites que están vinculados con los escrúpulos y la tranquilidad de conciencia.