Por Alejandro Casar González
LA NACION
Banfield y Tigre cobraron los últimos diez minutos del partido a precio de oro. Quien haya arribado al Florencio Sola a los 35 minutos del segundo tiempo pensará que se trató de una función de gala; un encuentro de súper acción en el que los dos equipos se prodigaron en ataque y buscaron por todos los medios el arco rival. Prueba de ello fueron el gol de Leone, que llegó luego del único error del arquero Bologna, y la posterior respuesta de Banfield, gracias a la cabeza de Romero.
Pero no. Esa imagen de vértigo y fútbol ofensivo que entregaron los últimos instantes del encuentro fue un espejismo; un oasis de energía, buenas intenciones y fútbol asociado en un partido tan frío como la noche en el sur bonaerense. En todo caso, habrá que reprocharle a Banfield no haber podido -o no haber sabido- cómo hacer para descifrar el jeroglífico defensivo que le planteó Tigre desde el comienzo del partido.
Las armas del Taladro saltan a la vista en su adn futbolístico: Erviti es el maestro de ceremonias que hace jugar a los volantes externos -Quinteros por derecha y Carrusca por izquierda-; García se las ingenia para conseguir espacios y Ramírez pelea hasta con su propia sombra. A la referencia ofensiva de Banfield no le faltan sudor ni entrega. Pero ayer no tuvo fútbol. Y jamás fue bien abastecido. Casi como prueba de esa impotencia, el ex goleador de Colón se fue expulsado, por intentar convertir con la mano lo que no había podido con los pies y la cabeza.
En la búsqueda de Ramírez y de los caminos que lo llevaran al arquero Ardente se encandiló Banfield. En el primer tiempo, Tigre se encolumnó detrás de un gran Román Martínez para robarle la pelota a Banfield y desarticular sus sociedades. Así, Erviti no tuvo orquesta para dirigir. Y sólo pudo generar aplausos a partir de algunos firuletes. De juego asociado, muy poco.
A tal punto sufrieron los dirigidos por Falcioni la etapa inicial que si Tigre se iba al descanso con un gol de ventaja nadie hubiera protestado. Gracias, sobre todo, al trabajo de Galmarini y Rodríguez por la banda derecha, y el manejo de Martínez, pudo haber vulnerado a Banfield si Castaño ajustaba un cabezazo.
Banfield necesitó saberse en desventaja -numérica y deportiva- para reaccionar. A nueve minutos del final, Leone aprovechó un centro pasado y una pésima salida de Bologna para convertir con el arco a su disposición. Ya sin Erviti en la cancha (lo reemplazó Romero), atacó como nunca en el partido gracias a la energía que le aportaron los relevos (Méndez y Zelaya). Así, seis minutos después de sufrir el gol en contra, el equipo dirigido por Julio Falcioni encontró el empate en un centro preciso de Carrusca.
Los últimos instantes, frenéticos, punzantes, pudieron haber inclinado la balanza para cualquiera de los dos. Pero una cosecha de tres puntos hubiera sido demasiado premio. Ni Tigre ni Banfield hicieron méritos suficientes como para justificar la victoria. Uno (Banfield) esperó que el otro le asestara un golpe para reaccionar. El otro (Tigre) no supo cómo mantener la ventaja y fue incapaz de traducir en el juego la supremacía numérica que consiguió luego de la expulsión de Ramírez.